76 años de aquél 30 de noviembre en que S.Josemaría llegó a Valladolid

Valladolid es la tercera ciudad del mundo -tras Madrid y Valencia- en la que comenzó la labor apostólica del Opus Dei, el 30 de noviembre de 1939. Al día siguiente, San Josemaría se reunió con un pequeño grupo de estudiantes -amigos de algunos jóvenes que eran de la Obra- en el Hotel Español de la calle Pasión. Allí les habló de la posibilidad de ser santos en medio del mundo, destacó la importancia del estudio y les animó a hacer mucho apostolado. “La santidad grande está en cumplir los deberes pequeños de cada instante” (Camino, 817).

S.Josemaría con Javier Silió (izda de la imagen) e Ignacio de la Concha (dcha), en El Campo Grande de Valladolid

S.Josemaría había viajado a Valladolid unas cuantas veces a lo largo de 1938, y en los primeros meses de 1939, durante su residencia en la ciudad de Burgos. Pero, como es sabido, cuatro días antes del final de la guerra civil había regresado a Madrid para reorganizar cuanto antes el trabajo apostólico del Opus Dei, y darle un nuevo impulso.

Ya en el mes de julio comenzó la instalación de la Residencia de Jenner y también los viajes apostólicos a diversas capitales españolas, acompañado habitualmente por alguno de sus hijos. Valladolid quedaba relativamente cerca de Madrid y tenía universidad, por lo que era natural que fuese uno de los primeros puntos de ignición.

El 30 de noviembre, a las 4 de la tarde, salía el Fundador en tren desde Madrid, acompañado por Ricardo Fernández Vallespín. Este viaje marca el comienzo de la labor del Opus Dei en Valladolid. Llegaron a las 9 de la noche, había niebla y hacía mucho frío. Cogieron las maletas y se fueron andando hasta el hotel Roma: como no había sitio se dirigieron al Hotel Español, en la calle Pasión.

Al día siguiente, San Josemaría predicó una meditación en la que habló de la vocación de los apóstoles (el día anterior había sido la fiesta de S.Andrés). Y comentó a los presentes “hemos venido a esta ciudad para trabajar por Jesucristo, luego ya hemos tenido éxito en nuestra empresa. Si no conseguimos ver a ninguno, no por eso nos consideraríamos fracasados. Después avisaremos a las personas que deseamos conocer, que vendrán o no vendrán; pero, aunque no consigamos nada, el Señor está contento de nosotros”.

“Llevaba una lista con nombres de estudiantes universitarios y sus respectivas direcciones, y enseguida envió a cada uno un tarjetón, citándoles en el hotel. Se presentaron todos. El Padre charló con todos, los entusiasmó, los llenó de amor de Dios. (…) Llegó la hora de cenar, y no se iban: estaban muy a gusto con S.Josemaría, que sólo les hablaba de Dios. ¡Fijaos que escena tan bonita! De ahí salieron muchas vocaciones” -contaba D. Álvaro del Portillo en una reunión el 4 de abril de 1977-.

“Le escuchábamos entusiasmados -refiere D. Teodoro Ruiz en su testimonio, recordando aquellos días-, y con la impresión de haber encontrado algo muy sobrenatural: aquello era una auténtica simiente divina para transformar por completo la sociedad”.

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