Jóvenes vallisoletanos peregrinan a Santiago en bicicleta

Estamos en un Año Santo Compostelano. Miles de peregrinos de todo el mundo recorren el norte de la Península Ibérica con una misma meta: Santiago. Entre ellos, un grupo de jóvenes del Club Juvenil Tempero, de Valladolid, también se ha lanzado a la aventura… en bicicleta.

Tempero fue promovido hace más de cuarenta años por familias vallisoletanas. Desde el principio, su objetivo ha sido crear un ambiente en el que los hijos puedan divertirse de modo sano, al tiempo que mejoran su formación humana y cristiana. Para lograrlo, han buscado la ayuda de un grupo de monitores con experiencia educativa y han puesto en marcha una variadísima gama de actividades de tiempo libre: talleres de biología, maquetas, música, excursiones, deporte, idiomas, técnicas de estudio, campamentos…; la oferta se complementa con actividades de formación cristiana, que han sido encomendadas a la Prelatura del Opus Dei en Valladolid.


No era la primera vez que este club juvenil se organizaba para recorrer un tramo del Camino de Santiago. Pero algunos elementos lo dotaban de mayor espectacularidad en esta ocasión. Para empezar, el número. Desde Tempero saldrían 17 vallisoletanos, a los que se unirían chicos del Club Juvenil Deva, de Gijón, y del Club Juvenil Montauca, de Burgos, hasta llegar a un total de ¡¡¡41!!! En segundo lugar, el modo: en bicicleta… Un pelotón de cuarenta ciclistas avanzando por los centenarios senderos que llevan a Compostela es una visión digna de contemplar. “Muchas veces, otros peregrinos nos aplaudían cuando les adelantábamos por el camino. O nos animaban cuando llegaba una subida dura y alguno estaba a punto de bajarse”, apuntaba Guille, un vallisoletano.

El punto de reunión fue el alto de Cebreiro, ya en tierras gallegas, a donde algunos padres se ofrecieron a llevarnos. En la tarde del 4 de septiembre, tras una comida sustanciosa, el grupo comenzó la marcha. Las primeras rampas de descenso y la belleza del paisaje, bañado por la luz del sol, provocaron el delirio de todos. “Esto es increíble”, se oía. Pronto llegaron algunos repechos de dura ascensión, anticipo de lo que vendría en jornadas sucesivas. Tras una hora de extenuante alternarse de subidas y bajadas, llegamos al punto más alto de la etapa. Allí comenzamos un sensacional descenso de más de diez kilómetros hasta Triacastela, el pueblo donde dormimos la primera noche. Encontrar albergue para un grupo tan numeroso no es tarea fácil, así que tuvimos que dormir con colchoneta en el polideportivo municipal, algo que se repetiría todos los días.


La segunda etapa, desde Triacastela a Portomarín fue más difícil. El fuerte calor y las subidas de los últimos kilómetros pasaron factura. “Pero todos nos ayudábamos, y compartíamos el agua o las barritas energéticas con los demás”, comentaba José Ramón, uno de los monitores que vino desde Asturias. La integración de todos en el grupo fue muy buena y las bromas y risas constantes. Portomarín estaba en fiestas y el ambiente de alegría entraba por los poros. Casualidades del destino, justo delante del lugar donde dormíamos habían puesto un estrado para un concierto de música. Aún así, estábamos tan cansados que las rumbas que comenzaron a sonar justo cuando nos metíamos en el saco no nos impidieron conciliar el sueño.


El tercer día fue el más duro. El sol dejó paso a la lluvia y el frío, y el barro hizo su aparición en los caminos, dificultando la marcha. Conservo en el recuerdo las imágenes del pelotón, avanzando en medio de un precioso bosque encantado como el del Señor de los Anillos, llenos de barro hasta las cejas, pero cantando. También el de los momentos más duros, cuando llegaba la subida y el grupo se estiraba hasta romperse. Manu, uno de los más jóvenes, afirmaba: “al principio, pensaba que no lo iba a conseguir. Pero como hacíamos parones y nos animábamos unos a otros, fue más fácil de lo que pensaba”. Al llegar a Arzúa, punto final de la etapa, estábamos extenuados y hambrientos. Necesitábamos reponer fuerzas convenientemente y lo conseguimos gracias a un menú en el que por 9 euros nos ofrecieron pasta, pollo con patatas y tarta de Santiago, todo en abundancia.

La partida del último día fue otro momento delicado. Como peregrinos que íbamos a Santiago a ganar el Jubileo, cada día asistíamos a Misa. A la salida, cuando nos disponíamos a subir en las bicicletas comenzó a llover como sólo es posible en Galicia. ¡Menuda tormenta! Nos pusimos nuestros chubasqueros y tímidamente fuimos subiendo a las bicicletas. ¡Qué pereza! Costó mucho decidirse, pero al final nos lanzamos a cubrir los cuarenta kilómetros que nos separaban de Santiago. Lluvia, sol, lluvia, sol… así llegamos a nuestro destino. Los últimos kilómetros, ya dentro de la ciudad, son de una intensidad especial. La meta está cerca. El sueño se va a cumplir. La plaza del Obradoiro nos esperaba y, dentro de la catedral, Santiago, el Apóstol, al que queríamos plantar un fuerte abrazo para pedirle por las necesidades de nuestras familias. Cuando hicimos entrada en la plaza, la gente nos miraba sonriente. Un pelotón ciclista tan numeroso no se ve todos los días. Felicidad. Sensación de triunfo. Fotos. Más fotos. Luego a abrazar al Apóstol y a mostrar nuestras credenciales, que habíamos ido sellando convenientemente durante el camino, para conseguir que nos dieran un documento para cada Club Juvenil, en el que se certificaba que habíamos peregrinado a Santiago.


Al día siguiente fuimos a la Misa del peregrino en la catedral. Como era 8 de septiembre, fiesta de la Virgen, hubo Misa solemne, presidida por el arzobispo, que saludó a los peregrinos en cinco idiomas. Fue emocionante cuando fueron citando los grupos de peregrinos que habían llegado desde el día anterior a Santiago: gente de todo el mundo. La ceremonia preciosa y, al final, el esperado botafumeiro. Después, un poco de pulpo, abrazos y cada uno a su casa. “Me lo he pasado en grande. El año que viene repito”, así resumía Pablo sus impresiones de esos días.

L. F.

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