La prosa de cada día

Dejo a otros la reflexión sobre esta hora de nuestras vidas, hecha de adversidades, inquietantes amenazas y esperanzas tronchadas, para ocuparme, una vez más, de la letra menuda del vivir, que es al final la que mueve el mundo. La que alimenta el sueño eterno de la vida. Imposible seguir adelante sin compartir y aceptar; sin perdonar y perdonarse, día tras día, a sabiendas de que todo es provisional y pasajero. Sin crear espacios de serenidad y libertad, aunque sea a contracorriente. Sin saber decir lo que es como es y sin saber callar, también. Sin soñar ser mañana mejor persona de lo que hemos sido hoy, nos atascamos. Conviene, sobre todo, reírse de uno mismo; evitar creerse el centro del universo, para no avinagrarlo todo. Hacer posible la paz, haciendo las paces, desalojando toda codicia de la mente y el corazón. No tiene sentido renunciar a crecer, sólo porque algunos hayan decidido por nosotros que, con los años, esa posibilidad se recorta. La estadounidense Joan Chittister lo explica muy bien: «los años son un fenómeno natural, pero el espíritu es eterno. La edad biológica no nos define, porque en el ser humano hay una fuerza vital que nunca muere». Así que aprendamos a ser eternamente jóvenes, jamás nos arrepentiremos. Importa lo que importa: el deleite del bien, como tantas veces repite mi amigo del alma Ramiro Calle, experto en desvelar verdades olvidadas. Pero no sólo. También en ir al fondo de los asuntos, en estos tiempos desmemoriados y ruidosos, para buscar y encontrar sentido, contento, armonía. Porque el amor, sin el cual no hay nada, se abre paso también a través de las pequeñas cosas. Vuelvo a Ramiro Calle. ¡Cuántas veces me lo ha dicho!: «jamás desprecies las pequeñas cosas, Jesús. En ellas encontrarás lo más valioso de tu vida y hasta de tu bienestar. Si esperas encontrar la felicidad en lo grande, ¡apañado estás!». La grandeza de un alma se muestra en lo pequeño. Los minúsculos detalles, como una sonrisa gratuita o una palabra amable, caldean el corazón, aúpan la alegría de vivir. Lo pequeño es todo un camino a seguir en la vida, que no conoce etapa perfecta. Si nos pasamos la existencia buscándola, nunca la encontraremos. La etapa perfecta es aquella en la que estemos en cada momento. Privilegiar cualquier período de nuestro vivir por encima de los demás es un error. Corremos el riesgo de perdernos lo mejor: lo que está sucediendo. Eso que tanto tiene que ver con la letra menuda del vivir. Por las cosas pequeñas se abre la puerta que lleva a las grandes, ciertamente. Aquello de «hacer endecasílabos de la prosa de cada día», que aconsejaba siempre Escrivá de Balaguer, el padre de la Iglesia más anticipativo, más preclaro del último siglo.

Publicado por Jesús Fonseca en La Razón, 9-6-2017

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