“¡soñad y os quedaréis cortas!”

Javier Burrieza Sánchez, conocido historiador vallisoletano y colaborador habitual del Norte de Castilla, ha sacado a la luz recientemente una breve semblanza de Encarnita Ortega, que como es sabido falleció en Valladolid el 1 de diciembre de 1995, y cuya causa de canonización se encuentra actualmente en Roma después de concluida la fase diocesana en 2012. Recogemos ahora en este post una refundición de los 3 artículos en los que dividió su estudio para publicarlos en tres números consecutivos de IEV.

Traspasé la puerta del Cementerio del Carmen de Valladolid, la portada de piedra que se trasladó en el siglo XIX desde el desaparecido colegio de San Gabriel de los agustinos, y me dirigí hacia la portería del mismo. Quería que me informasen el lugar donde se encontraba la sepultura de Encarnación Ortega Pardo, en medio de esa inmensidad de panteones y nichos, a veces protegidos por las sombras de numerosos cipreses. Había fallecido el 1 de diciembre de 1995 en Pamplona aunque la última etapa de la vida de esta pionera y numeraria del Opus Dei, había discurrido en Valladolid por lo que su cuerpo fue trasladado a esta ciudad.

Efectivamente, se encontraba en la parte más moderna del cementerio, donde el sol caía de plano y ni siquiera los cipreses regalaban su protección.

Cuando llegué, me sorprendí por la austeridad de la sepultura, donde se encontraban enterradas otras numerarias de la “Obra” pero, sobre todo, comprobé la mayor sobriedad del recuerdo, dentro de la humildad más ascética. No se hablaba de apellidos, simplemente se inscribía el nombre familiar con el que la conocían todos: “Encarnita”.

Como su hermana Teresa y tres años después que ella, nacía Encarnita Ortega en la localidad pontevedresa de Puentecaldelas (5 mayo 1920), dentro de esa familia cristiana de clase media. Su padre era aragonés y su madre gallega. Ambos se conocieron cuando José María Ortega ejerció de Jefe del Servicio de Telégrafos de aquella localidad. Todavía habría de nacer un tercer hijo, Gregorio.

Poco tiempo después de que la familia se trasladase al Teruel paterno en 1926, moría la madre Manuela Pardo. A partir de ahí, los hermanos Ortega Pardo no solamente tuvieron los cuidados de su padre sino también de sus tías, una de ellas soltera, muy cercana a sus sobrinos. Estudió Encarnita, junto con su hermana Teresa, en el Colegio de las Terciarias franciscanas. Sufrió también las consecuencias de la guerra civil española, junto con su familia cuando continuaban viviendo en Teruel. Por entonces, estaba realizando sus estudios de bachillerato y se convirtió a los dieciséis años en enfermera. Fueron días de contacto con el sufrimiento que causa un enfrentamiento bélico. Su madurez se vio acelerada viviendo estos acontecimientos en el hospital militar de la ciudad y en otras ubicaciones asistenciales. Fue detenida junto con su padre, su hermana Teresa y su tía por el ejército republicano y fueron trasladados a diversas cárceles. La primera que fue liberada fue su hermana mayor, lo que permitió que llegasen algunos abastecimientos hasta la cárcel de mujeres de Valencia donde se encontraba Encarnita con su tía. Su padre, sin embargo, pasó a otra prisión primero y a un campo de trabajo penitenciario después. Por carta, le comunicaba los adelantos que en prisión hacía en sus estudios y le obviaba todas las penalidades que estaban viviendo: «como ves, voy a salir convertida en una verdadera enciclopedia. Además de todos estos estudios hago muchas monerías en labores y hacemos improvisación para adquirir facilidad de palabra y lectura comentada, ya ves si tienes una hija que vale para todo». Cuando finalizó la guerra, la familia se trasladó a Valencia y allí fue donde conoció a un sacerdote aragonés llamado Josemaría Escrivá de Balaguer. El encuentro se produjo en la localidad de Alacuás, un 30 de marzo de 1941, en medio de los frenéticos viajes del que ya había fundado el Opus Dei. Vino para dirigir unos ejercicios espirituales que habían sido organizados por el Consejo Diocesano de las jóvenes de Acción Católica. Para entonces, Encarnita había leído ya su obra “Camino”. En realidad, el interés que causaron aquellas páginas le condujo a dirigirse hacia él. Cuando empezó a escucharlo y contemplar sus comportamientos, ella misma confesaba tiempo después que ya no le interesaba el autor de un libro, a su juicio, interesante sino «su recogimiento, lleno de naturalidad, su genuflexión ante el Sagrario y el modo de desentrañarnos la oración preparatoria de la meditación, animándonos a ser conscientes de que el Señor estaba allí, y nos miraba y nos escuchaba». Todo ello, condujo a Encarnita a responder a la necesidad de «escuchar a Dios y ser generosa con Él». De su primera conversación, pudo conocer en qué consistía el Opus Dei.

Cuando Encarnita Ortega conoció a Josemaría Escrivá de Balaguer (marzo de 1941), Valladolid no había aparecido en la vida de la primera aunque sí en la del segundo, pues el sacerdote aragonés estaba realizando diferentes visitas a esta ciudad castellana —sesentaiún viajes entre 1938 y 1946—.Valladolid fue la tercera ciudad del mundo, después de Madrid y Valencia, en la que comenzó la labor apostólica del Opus Dei, el 30 de noviembre de 1939.

¿Qué aportaba la Obra a la vida del cristiano? La propia Encarnita resumía las primeras palabras que recibió de su fundador: «buscar la santidad en el trabajo ordinario, sin salirse de su sitio».

Y aunque hasta aquellos momentos, no había tenido ningún contacto con aquel proyecto, «lo vi perfectamente estructurado —indicaba Encarnita Ortega— y me asustó mucho que Dios me pudiera pedir lanzarme a los comienzos de algo que me parecía maravilloso». Ella misma confesó que pretendió huir aunque veía que no podía ser: «Dios necesitaba mujeres valientes para hacer su Obra en la tierra», a pesar de las dificultades que le planteó el propio fundador.

En noviembre de 1942, Escrivá de Balaguer visitó el chalé de la madrileña calle Jorge Manrique, en el centro de mujeres de la Obra. Allí se pudo reunir con un grupo de jóvenes que no alcanzaban la decena, entre ella Lola Fisac, Encarnita Ortega o Nisa González Guzmán.

Cuando todavía no estaba aprobada en Roma, desdobló un papel sobre una mesa, un esquema gráfico, donde exponía las distintas labores de apostolado que, por iniciativa personal o como tarea corporativa, habrían de realizar las mujeres de la Obra en el mundo: «¡soñad y os quedaréis cortas!», les repitió en distintas ocasiones.

Los escenarios habrían de ser muy diferentes: granjas para campesinas, casas de capacitación profesional para la mujer, residencias de universitarias, actividades en la moda, casas de maternidad, bibliotecas circulares para el fomento de una lectura formativa, además del apostolado personal.

El cambio de escenario se produjo en los últimos días de 1946. El 27 de diciembre eran recibidas en Roma un grupo de mujeres españolas, pioneras en la Obra. Lo relata Pilar Urbano en su obra El hombre de Villa Tevere:«el Padre y don Álvaro [del Portillo] acuden al aeropuerto militar de Ciampino para esperar a cinco mujeres de la Obra que llegan de España.

Son Encarnita Ortega, Dorita Calvi, Julia Bustillo, Rosalía López y Dora del Hoyo. Con ellas allí, el ático de Città Leonina empezará a tener de veras el aire de un hogar de familia grato y acogedor». Desde la Ciudad Eterna, y junto al gobierno central, podría colaborar en la expansión de este movimiento eclesial por los cinco continentes. Se manifestó la fortaleza de su carácter pero también la delicadeza del mismo, con una clara amplitud de miras. La Guerra Civil le había impedido una formación intelectual extensa, pero disponía de una amplia cultura, una mentalidad abierta y una notable facilidad para escribir. Una capacidad que sirvió de mucho en esta época de su vida en Roma como directora central. Una mujer «inteligente y perspicaz». Josemaría Escrivá le pidió que iniciase distintos viajes para animar el trabajo evangelizador del grupo inicial de mujeres del Opus Dei. Fueron días que sus biógrafos han considerado como esenciales. La aprobación pontificia del Opus Dei se produjo el 16 de junio de 1950, mediante el decreto “Primum inter”, por el papa Pío XII. Cuenta Pilar Urbano que Escrivá valoraba intensamente la labor de sus pioneras. En cierta ocasión que Encarnita se ausentó de Roma pidió a otras mujeres que aprovechasen para pintarla el despacho: «es un pequeño gesto de justicia», indicó el fundador, «vuestras hermanas mayores han tenido privaciones de todo tipo […] han trabajado como borricos de carga, por sacar la Obra adelante”.

Llegó hasta 1961 en que fue enviada a establecerse definitivamente en España. Había gastado junto a la Sede de Pedro su juventud madura y se iniciaba el tiempo de cambio del Vaticano II.

Las palabras de despedida de Escrivá son elocuentes: «tu misión, la misión de quien lleva muchos años en la Obra, no es la de mandar, ni la de imponer tu opinión, sino la de gritar callando… con el ejemplo». Encarnita iba a ser una más aunque con el “coraje silencioso de la ejemplaridad”.

Encarnita Ortega y Montse Grases

Encarnita Ortega y Montse Grases

Cuando se estableció en Barcelona, trabajó Encarnita Ortega en la escuela de Hogar y Arte, llamada Llar. Fue solamente un año, pues en 1962 se trasladó a Oviedo. En aquella fase de su vida atendió a su padre en su última enfermedad: «¡Qué grande tiene que ser el valor del dolor, cuando el Señor, pudiéndolo quitar, no nos lo quita!». Con esta frase resumía la experiencia vivida junto con su progenitor.

En la capital asturiana, puso en marcha el Centro de Formación Profesional llamado Montealegre. En esos momentos, apareció el mundo de la moda en su vida. Sabía que su misión era acercarlo a Dios, tras saber la influencia social que ésta poseía. Era menester otorgar «sentido cristiano en esa profesión». Ella consideraba que tenía que llegar a todas y cada una de las personas que tuviesen esta ocupación a través de un medio formativo. Era la hora de «dignificar a la mujer a través del vestido». Comenzó a organizar las Jornadas de Diseño y Moda, punto de reunión de personas del gremio, desde modistos, diseñadores, dueñas de las boutiques. Era el despegue moderno de una nueva dimensión profesional en relación con la espiritualidad cristiana.

Tras Barcelona y Oviedo, llegó desde 1973 a Valladolid, etapa final de su vida en sus últimos veinticinco años. Las que la conocieron en la ciudad castellana afirman que Encarnita Ortega se sintió cómoda en su nuevo horizonte de vida, «congenió con sus gentes». Aquí supo encontrar muy buenas amigas y supo labrar vocaciones para el Opus Dei, «vocaciones fieles» como han sido calificadas. También asistió, por aquellos años, a la multiplicación de las vocaciones del convento de su hermana, ya fallecida como priora de las dominicas de Olmedo, así como la progresiva fundación de nuevas casas en ámbitos donde no existían conventos de clausura. Se integraban en la Unión Fraterna “Madre de Dios”. Ambas hermanas, quizás, no habían profundizado en el conocimiento de sus mutuas y muy distintas vocaciones. Testimonios cercanos a Encarnita Ortega confirman que nuevas vocaciones claustrales llegaron de su mano.

En 1980, comenzó el diagnóstico de un cáncer, paliado por un duro tratamiento. Tras una recuperación, la enfermedad volvió acechando, precisamente cuando en 1992 Juan Pablo II beatificaba al fundador del Opus Dei. Entonces, estaba ingresada en la Clínica Universitaria de Pamplona. Incluso, se tuvo que someter a una peligrosa operación tres días antes de la ceremonia. Allí, de nuevo, manifestó su “voluntad férrea”, con una capacidad de dominar sus propios actos, en medio de los grandes dolores. Las mujeres que la cuidaban afirmaban que en esos momentos, transmitía «señorío, optimismo, cariño y afán apostólico».

1981 en Villa Sacchetti, Roma

Ella continuaba ilusionada en su deseo de acercar a las gentes de la moda hacia Dios, sabiendo que necesitaba de personas que la orientasen, sin dejar espacio a la improvisación. El Norte de Castilla publicaba el 1º de abril de 1994 una entrevista en un foro de debate sobre el papel de la mujer.

Subrayaba que ella nunca se había sentido marginada: «hay que tomar medidas contra la publicidad que rebaja la categoría de la mujer y la presenta como un instrumento de placer, cuando es un ser humano con valores infinitos y eternos».

A lo largo del último año de su vida, 1995, continuó trabajando. Presentaba distintos planes a diversas Instituciones, que le pudiesen ofrecer subvenciones desde los cuales afrontar sus objetivos.

La gravedad de la enfermedad obligó su traslado a la Clínica Universitaria de Pamplona el 11 de noviembre. Allí falleció el 1º de diciembre. Sus restos se trasladaron a Valladolid, donde se celebró el funeral en la parroquia de los capuchinos de Nuestra Señora de la Paz y fue enterrada en el cementerio del Carmen de Valladolid. El tribunal diocesano recopiló cinco mil trescientas pruebas documentales y testificales desde marzo de 2009 hasta principios de 2012, en que se cerró el proceso diocesano de canonización, siendo todos ellos enviados a Roma para continuar allí la investigación.

Su postulador, el sacerdote José Carlos Martín de la Hoz, subrayó «el celo a favor de la mujer y el impulso de diversas tareas de formación, asistenciales y educativas, con su trabajo en el campo de la moda para favorecer la dignidad de la mujer». En el Vaticano, a través de la Congregación para la causa de los Santos y la Prelatura del Opus Dei, continúa actualmente el trabajo.

Top