“Para mí fue una gracia especial conocer a San Josemaría”

El 6 de octubre de 2002, Juan Pablo II canonizó al fundador del Opus Dei . María Dolores Cuadrado conoció el Opus Dei en Valladolid en 1966 cuando tenía 28 años.  Ahora tiene cinco hijos y diecisiete nietos. En esta entrevista nos habla de su vocación a la Obra y cómo este hecho ha influido en su vida.  

¿Cómo y cuándo conoció la Obra?

Fue en Valladolid en l966; estaba casada, tenía 28 años y dos niñas. Ahora tengo cinco hijos,  diecisiete nietos y otro “en camino”. Me invitaron a un curso de retiro. Desde que salí del colegio, no había vuelto a hacer unos Ejercicios Espirituales, -como decíamos en esa época-, y pensé: ¡no me vendrá mal!

En esos días un sacerdote del Opus Dei al que no conocía fue desgranando lo que Dios le pedía a una cristiana. Nos hizo caer en la cuenta (hablo en plural porque fuimos bastantes las que pensamos lo mismo) de lo que nosotras le dábamos –“¡Que tu vida no sea una vida estéril!”, nos decía parafraseando el primer punto de Camino-.

Todas estábamos muy calladas, porque al ver cómo era nuestra vida nos parecía que aquello que nos planteaba debía de ser muy difícil.

A la vez nos iba explicando lo que debíamos hacer: el trabajo del hogar o el que realizáramos bien hecho, porque a Dios no se le puede dar una “chapuza”; trabajar cara a Dios que lo ve y cara a los hombres que lo reciben, y a través de ese trabajo bien hecho, poner a DIOS EN LA CUMBRE de todos los afanes diarios, en  las luchas cotidianas, en las alegrías y en las penas. Y esa explicación nos iba allanando el camino y nos decíamos, pues entonces, esto es fácil.

Al final nos dijo que cuanto mejor “madre”, cuanto mejor “esposa”, cuanto mejor “hija” fuéramos, seríamos mejores cristianas y Dios estaría más contento de cada una.

La idea me atrajo y me puse a ella aunque no siempre fue fácil, pero si se luche uno comprueba que la vida no es estéril, y se hace felices primero a los míos, y luego a todos los que se van acercando, por distintas circunstancias, a mí.

¿Descubrió entonces su vocación al Opus Dei?

Descubrí que aquello me llenaba, que Dios de alguna manera quería contar conmigo. Y dije, aquí estoy. Pienso que eso es la “vocación”, de la que doy gracias todos los días desde hace cuarenta y cuatro años. A partir de ese momento, sin dejar lo que hacía, procuré implicarme en muchas cosas. Últimamente en la ayuda a la formación de los sacerdotes.

Con el paso de los años… ¿qué le llama más la atención de ese mensaje?

Creo que,  sobre todo, la paz y la alegría. San Josemaría me enseñó que si me apoyaba en que Dios era mi Padre, un Padre Bueno que me quería con locura, pasase lo que pasase nunca pasaría nada. A lo largo de mi vida he tenido, -como todo el mundo-, penas, sufrimientos, algunos muy gordos…El más grande fue cuando mi marido “se me fue al cielo” porque, a pesar de saber que está en el mejor sitio, soy humana y añoro enormemente su presencia.

¿Por qué  esa implicación en la ayuda a la formación de sacerdotes?

Siempre lo estuve. Desde pequeña mi padre me enseñó con hechos como había que ayudar a la Iglesia a través de los sacerdotes: teníamos siempre una beca para ayudar en el Seminario.

¿Por qué ahora más?; muy sencillo, ahora tengo más tiempo y descubrí el CARF, una Fundación cuyo “leif motif” es ayudar a los sacerdotes y a los seminaristas de todo el mundo, que careciendo de medios económicos para hacer sus estudios, lo puedan lograr con la ayuda de muchas  personas que colaboran y nos dan a conocer.

¿Le gustaría tener algún nieto sacerdote?

Sería una gracia extraordinaria de Dios pero El es el que llama, y por encima de mis deseos, están sus planes que aceptó. De todas formas no pierdo la ilusión y mientras llega ese momento, mi familia y yo apadrinamos a un seminarista. Pensamos que es lo más parecido a tener un sacerdote en la familia.

¿Qué le parece la visita del Papa Benedicto XVI a España en Noviembre?

Pues una gracia muy especial. España siempre ha sido y quiere seguir siéndolo un apoyo para el Papa y la Iglesia. Hemos llevado la fe a otras naciones del continente americano. Recuerdo un suceso que me ocurrió en Venezuela hace años. Estábamos en el aeropuerto y se me acercó una señora; me preguntó si era española; al responderle que sí, me dijo ¿puedo darle un abrazo?; gracias a ustedes hemos conocido la fe católica, a Jesucristo.

Quisiera que los españoles correspondamos a ese cariño que nos tiene el Papa siendo cada día más fieles,  y decirle que cuente con nosotros para todo, con nuestra oración y nuestros pequeños sacrificios. También me gustaría pedirle a Jesucristo que le de al Santo Padre mucha paz, que le proteja y que este viaje sea un éxito en el orden espiritual.

¿Cómo abuela de una familia numerosa, ¿qué papel juegan ustedes en la sociedad actual?

Hace años escribí un artículo cuyo título era “El decálogo de la abuela”, que se publicó en el Norte de Castilla. Pienso que “abuela” es sinónimo de “ayuda”. De hecho, las dos palabras empiezan por la misma vocal: ayudar no es sustituir; ayudar es informar formando; ayudar es unir; ayudar es estar siempre donde  nos necesiten, pasando cuando convenga a un segundo plano; ayudar es dejar vivir; ayudar es tener la boca cerrada y la cartera abierta, y si por circunstancias de la vida hay poca cartera, lo importante es lo primero. Por último, ayudar es querer y es estar vigilante

Estamos celebrando el 80º aniversario de la labor con mujeres del Opus Dei y el 70º aniversario en Valladolid, echando la vista atrás, ¿cuál ha sido el mayor logro conseguido durante este tiempo?

Parece que setenta años son muchos, pero estamos empezando. Logros a diario cada vez que alguien al levantarse se decide a servir mejor a la Iglesia, siendo muy fiel a la vocación recibida al Opus Dei.

Para mí fue una gracia especial conocer a San Josemaría y a don Álvaro. A estos dos encuentros en Roma me acompañó mi marido, que no era de la Obra. Los consejos tan de “padre” que nos dieron siempre los hemos tenido en cuenta y nos han ayudado, tanto en el matrimonio como en la educación de los hijos.

Por otro lado, por el trabajo de mi marido hemos tenido que viajar a muchos países. Me considero muy afortunada de poder haber visto los comienzos en Costa de Marfil, Cebú (Filipinas), Polonia…Allí  he visto hecho vida el espíritu de la Obra, reflejado en estas tres cosas: mucha alegría (con falta de medios materiales), como en cualquier familia que eso es la Obra; abundante trabajo con el que se ganaban su sustento y donde enseñaban a los demás “ese algo divino que hay en las situaciones más corrientes”, y por último una fidelidad exquisita a la Iglesia, al Papa y al Padre.

Vivimos en una sociedad donde prima la inmediatez, el cambio constante, las redes sociales, el consumismo…Internet se ha convertido, sobre todo en los jóvenes, en una nueva herramienta de comunicación, dejando de lado el apoyo familiar a la hora de superar problemas o situaciones cotidianas. ¿Cómo se podría reforzar la figura de la familia?

Las nuevas tecnologías son una ayuda extraordinaria. Recuerdo cuando pasábamos apuntes o escribíamos una carta, para quedarnos con una copia había que colocar un papel de calco que nos manchaba los dedos y  era muy latoso; hoy es una gozada. Internet te da una información de muchas cosas, pero nunca debemos olvidar que sólo es una herramienta y que nunca podrá sustituir el trato personal. El hombre por naturaleza es sociable; por eso encerrarse horas y horas con una máquina, le aísla y no le ayuda a realizarse como persona. Además sabemos que las redes sociales nos traicionan algunas veces y si no se emplean bien pueden hacer daño a las personas. Lo que está claro es que el mundo de Internet, no podrá sustituir a la familia, el único lugar donde se nos quiere tal cual somos, y por lo que somos, aunque seamos un desastre.

¿Cree que una buena formación sacerdotal, de algún modo, atraerá a los jóvenes de nuevo a la Iglesia?


Las palabras se las lleva el viento, y todos estamos cansados de tanta palabrería vacía de contenido. Se necesitan ejemplos vivos, lo que ofrecen es fascinante, es una vida llena, feliz, y cuando se les ve así, uno puede pensar, y yo ¿por qué no?

Pienso que desde las familias tenemos que educar en generosidad en el amor, primero con Dios y luego con los demás; en solidaridad, en generosidad y  en sobriedad, con una vida austera que no quiere decir “triste”. Si nosotros educamos así a nuestros hijos o nietos, Dios hará el resto.

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