Un verano como voluntarios en Tánger

Trece estudiantes vallisoletanos cambiaron el ocio por el trabajo voluntario con la población desfavorecida en Tánger.

Mallorca o Tánger, disfrutar del verano o ayudar como voluntarios. No se trata de un dilema más al que todos los jóvenes tienen que dar respuesta. Más bien es una decisión que aunque puede parecer complicada, trece jóvenes vallisoletanos eligieron entre el 8 y 16 de julio para ponerse al servicio de los demás y colaborar en tareas sociales en un entorno diferente al que acostumbran, en otro país.

Pablo Martínez-Sagarra, Rodrigo Díaz y Pedro Villalobos son algunos de ellos, quienes además de ser estudiantes del Colegio Mayor Peñafiel y tener claro su futuro tras acabar el bachillerato –Medicina; Derecho y Administración y Dirección de Empresas; Filosofía, política y economía serán sus carreras a cursar el próximo año–, tienen un signo distintivo diferente del resto de jóvenes de su edad. Se trata de tener inculcados unos valores humanitarios y sociales como resultado de formar parte de varios proyectos de voluntariado en la capital que desembocaron en la oportunidad de ser partícipes de un Programa de Voluntariado Internacional en Tánger –gestionado por Cooperación Internacional– que realizó en un período corto de tiempo múltiples actividades solidarias que repercutieron directamente en distintos colectivos que residen en esa localidad.

Los tres tienen claro que ayudar es un acto de generosidad «muy grande» que se debe potenciar en toda la sociedad. «Los primeros beneficiados hemos sido nosotros», sostiene uno de ellos tras reconocer que quizá esta experiencia sea «solo una vez en la vida» y por lo tanto hayan aprendido a valorar «lo que tienen» tras vivir una realidad distinta en la que la gente valora el día a día y lucha para conseguir comida y sacar a su familia adelante.

Aunque admiten que la primera impresión al llegar a Tánger fue «extraña», hasta el punto de llegarse a cuestionar su presencia allí, con el paso de los días se adaptaron rápidamente al ritmo de vida, siempre con la idea de que habían ido para trabajar ayudando a distintas organizaciones en tareas como enseñar español a los niños sin techo, colaborar en el cuidado y asistencia de madres solteras, realizar acompañamiento y actividades de ocio con personas con discapacidad intelectual y física, y contribuir en tareas de restauración de una catedral frecuentada por población con escasos recursos.

«En un país árabe, tienes que adaptarte al ritmo de vida y medir también un poco lo que haces», sostiene Pablo Martínez-Sagarra al explicar los cambios que observaron durante su experiencia como voluntarios. Unas circunstancias que enriquecieron sus percepciones del mundo fuera de «esa burbuja» en la que viven a diario, donde disponen de todas las facilidades a diferencia de la población de Tánger. «Una niña me dijo que quería ser médico en Valencia», señala Rodrigo Díaz emocionado al relatar la seguridad de la pequeña con su deseo de ir a vivir a España. «Me impresionó mucho y me dio mucha pena porque no tienen las mismas oportunidades que nosotros», añade.

A ellos, como al resto de jóvenes voluntarios –que se encontraban en Tánger– procedentes de Madrid, País Vasco y Murcia les sorprendió la amabilidad y la gratitud de los locales, además de llamarles la atención la cadena de solidaridad presente en esa zona. «Allí también nos hicimos amigos de otros jóvenes de España que habían ido con nuestro mismo objetivo», indican sonrientes los tres vallisoletanos al narrar la experiencia que les habría gustado disfrutar «un poco más» ya que otros se desplazaban allí por dos o tres semanas, e incluso por mes y medio.

Apostar por los jóvenes

«La mayoría de los jóvenes tiene la idea de que el voluntariado es igual a trabajar; lo ven como un horror o un rollo», señala Díaz al afirmar la necesidad de que más jóvenes se sumen a acciones que impliquen hacer la vida más agradable a los demás, ya que «compensa» poder construir un mundo diferente para las nuevas generaciones en las que ellos se incluyen.

En la capital, estos jóvenes participan en más proyectos de sensibilización social como: el ‘Desayuno Solidario con personas sin hogar’, ‘Todos a desayunar con niños en riesgo de exclusión social en el Colegio Antonio Allue Morer’, el ‘Apoyo Socioeducativo en el Colegio Lestonnac’ y el ‘Proyecto Brother con personas con discapacidad’; todos ellos coordinados por Cooperación Internacional, una organización que nació en 1993 en el ámbito universitario para desarrollar la generosidad y el espíritu de servicio de los jóvenes con los más necesitados.

«Intentamos promover la cultura solidaria entre los jóvenes», indica el Delegado Territorial de Castilla y León, Cantabria y Asturias, Ismael Negro, quien explica además que en la localidad ya trabajan unos cuantos años con alrededor de 80 voluntarios de forma estable aunque también en campañas puntuales como la de Navidad las cifras se incrementan a 400 voluntarios disponibles para desarrollar acciones humanitarias en la ciudad.

«En el voluntariado internacional ellos se costean el viaje»

Cooperación Internacional señala que para los proyectos estables tienen fondos de colaboración con empresas privadas y públicas, mientras que para los proyectos de voluntariado internacional ponen en valor el esfuerzo que hacen los jóvenes ya que son ellos mismos quienes se costean el viaje.

En los programas de voluntariado desarrollados en la ciudad –que incrementaron su participación en los últimos años debido a la colaboración de centros educativos– pueden participar jóvenes entre los 14 y 30 años, y en los programas internacionales dan prioridad a aquellos que han participado de forma activa y estable en los proyectos locales a lo largo de todo el año.

Artículo de: Wiliam Ruiz en El Norte de Castilla, 23/07/2018 Un verano como voluntarios
Foto: A. MINGUEZA
Top