¡Vaya días en Roma!

“Desde los dos meses viví en Valladolid hasta los 21 años, así que me considero vallisoletano. Allí descubrí mi vocación al Opus Dei. Desde el 2004 resido en Roma  bajo el amparo de todo el pontificado de Benedicto XVI. Ahora soy diácono y me ordenaré sacerdote en mayo. Los acontecimientos de estos días han sido algo apasionantes y merecen este breve relato.

Todavía recuerdo, no es fácil de olvidar, los días anteriores a la elección de Benedicto XVI en Roma. No se hablaba de otra cosa que del cónclave, no existía otro tema. La tarde en la que se eligió al Papa pude estar en la Plaza de San Pedro. Cuando me enteré que la fumata de esa tarde era blanca me encontraba un poco lejos de la Plaza de San Pedro (vivo a la afueras de Roma), pero no importaba mucho. Lo importante era dejar todo lo que estaba haciendo y salir corriendo hacia el Vaticano. Para eso tenía que coger un tren de cercanías, y después el Metro. Cuando llegué al Metro, estaba lleno como nunca lo había visto antes, no cabía un alfiler. Todo Roma estaba yendo hacia la Plaza de San Pedro.

 

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Estaba tan lleno el metro que un señor –exagerando un poco– dijo que se estaba mareando y que se iba a desmayar. Los que estaban alrededor de él le dijeron que no se preocupase, que aunque se desmayase tampoco se iba a poder caer por falta de espacio. Fue increíble ver a la salida del metro, ya cerca del Vaticano, como toda la ciudad estaba corriendo para ver al nuevo Romano Pontífice. En las calles se veía incluso a la gente cerrar la verja de sus negocios sobre la marcha para poder estar en la Plaza del Vaticano antes de que saliera el nuevo Papa.

Yo pude llegar a la Plaza un minuto antes de que saliera por el balcón de la fachada de San Pedro el cardenal que iba a anunciar que teníamos Papa. Aunque llovía un poco, muy poco, estaba todo lleno. También había mucha gente en la Via della Conciliazione. Todavía recuerdo el grito de entusiasmo de todo el mundo cuando se oyó el nombre de Ratzinger. Al cabo de un rato apareció el Papa en ese balcón, y todo el mundo empezó a aplaudir con emoción. El Papa dijo unas palabras en italiano en medio de los aplausos de la gente. Recuerdo que un niño de unos 7 años que estaba con su madre, al oír cómo pronunciaba el italiano el papa alemán, le dijo entusiasmado: “Mamá, si habla como Schumacher”, que en aquel momento era corredor de la Ferrari y un auténtico ídolo en Italia.

 

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Después, durante todos estos años de pontificado, desde Roma se ha podido ver muy bien como el Romano Pontífice se ha ganado enseguida el corazón de quienes se acercaban a él. Al principio se le pintaba como un tipo duro, pero el que le ha visto de cerca –y han sido más de 5 millones de personas contando solo las audiencias en el Vaticano- se ha dado cuenta de que no tiene nada que ver la realidad con lo que algunas veces se haya podido decir de él. El Papa ha superado muchos estereotipos y siempre ha estado muy cercano a todas las personas, derrochando cariño. Benedicto XVI ha sido un Papa muy querido, y en Roma eso se ha podido palpar en todo momento.

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El pasado miércoles,  durante su última audiencia, lo pude comprobar una vez más. La ciudad amaneció llena de carteles colocados por el Ayuntamiento que decían “Estarás siempre con nosotros. Gracias”. Esta vez pude ir al Vaticano con un poco más de calma que el día que eligieron Papa a Ratzinger. No sé cuanta gente había –puede que nadie lo sepa, por aquí dicen que unas 150.000 personas…– el caso es que también esta vez era un río de personas el que se dirigía hacia el Vaticano para poder despedir al Papa y que la Plaza, y parte de la Via della Conciliazione, estaba llena. Benedicto XVI notó que había ido mucha gente. De hecho, al comenzar la audiencia quiso agradecer la presencia tan numerosa de los que habían querido ir ese día al Vaticano para despedirse de él.

Antes de que comenzara la audiencia había muchos periodistas entrevistando a la gente: jóvenes, familias… de todo, que habían ido a San Pedro para ver al Papa. Casi todas las respuestas que se oían a lo que les preguntaban era que querían agradecer al Romano Pontífice todo lo que había hecho por la Iglesia, que lo iban a echar de menos, que seguirían rezando mucho por él, etc.

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Las personas que estaban en San Pedro venían de todo el mundo. Las distintas procedencias se podían deducir de todas las banderas que había en la Plaza (he visto de muchos países distintos, aunque reconozco que alguna de las banderas que llevaba la gente no tengo ni idea de qué país eran) y de los idiomas en que estaban escritas las pancartas de apoyo al Santo Padre. Delante de mí había una que recuerdo muy bien, porque no me dejaba ver. Decía: “Santo Padre, tu sei il nostro caro nonno” (“Santo Padre, tú eres nuestro querido abuelo”). Era bastante grande, y la estaban sujetando unos chicos de un colegio de Roma que habían venido con su profesor a la audiencia). Todas las pancartas daban las gracias a Benedicto XVI por estos años de pontificado y por todo lo que ha hecho por la Iglesia. En otras se leía: “gracias Santo Padre” o “te echaremos de menos”. El Papa lo ha notado. De hecho, al comenzar la audiencia ha querido agradecer la presencia tan numerosa de los que habían querido ir a San Pedro para despedirse de él. El ambiente era curioso, una mezcla de alegría, tristeza y ternura. Sí, ternura. Tal vez sea esa la palabra que mejor define lo que se sentía en la plaza. Era como la despedida de un padre con sus hijos: un padre que no los abandona, pero al que ya no van a ver.

 

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Me parece que la audiencia de hace dos días fue muy especial. Aparte de por las circunstancias, que son especiales, por lo que nos contó el Papa. Nos abrió un poco su corazón. Nos puso un ejemplo de lo que ha sentido estos días, al contarnos como ha recibido cartas de todo el mundo, también muchas de gente ordinaria que le había escrito con toda sencillez. Decía que estas personas no se habían dirigido a él como se escribe a un príncipe o a un gran personaje que uno no conoce, sino como hermanos y hermanas, hijos e hijas, con un sentido del vínculo familiar muy cariñoso. Creo que también nos abrió su corazón al repetirnos lo que ya ha dicho varias veces estos días: que en estos últimos meses, había sentido que sus fuerzas habían disminuido, y que había pedido a Dios con insistencia en la oración que le iluminase con su luz para que le hiciera tomar la decisión más justa no para su bien, sino para el bien de la Iglesia.

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Los momentos en los que la plaza comenzaba a aplaudir, invariablemente, fueron cuando el Papa empezaba a hablar en italiano. En San Pedro había gente de toda Italia, sobre todo de Roma (muchos jóvenes, por cierto), y eso se notaba. Se veía que el pueblo romano quería demostrar con hecho su cariño al Papa, y por eso habían ido esa mañana a San Pedro, para demostrar que estaban muy cerca del Romano Pontífice.

Mi impresión es que la audiencia del miércoles pasado ha sido uno de esos días en lo que se puede ver claramente el gran papa que ha sido Benedicto XVI, y como tiene un corazón de padre que ha sabido ganarse a todo el mundo.

Jaime Abascal Martínez

 

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