Mª Dolores Cuadrado peq

Mi encuentro con el Beato Álvaro del Portillo

Hoy 23 de marzo, celebramos la fecha de la “marcha al cielo” de Don Álvaro del Portillo,  primer sucesor de san Josemaría, ocurrida en el año 1994,  cuando acababa de regresar de Tierra Santa.  Años más tarde, el 27 de septiembre de 2014 el Papa Francisco dispuso que fuera beatificado en Madrid, su ciudad natal. Era un hombre de profunda bondad y afabilidad, capaz de transmitir paz y serenidad a las almas. Mª Dolores Cuadrado ha querido compartir con nosotros el encuentro que tuvieron su marido y ella con él en Roma,  en el año 1988.  En ambos les dejó una huella imborrable.

Recuerdo nítidamente ese día, un 10 de diciembre del año  1998, a las 12:20 horas. Mi marido y yo, mantuvimos una conversación de casi una hora con Don Álvaro del Portillo, que en esos momentos era el Prelado del Opus Dei.

junto a un cuadro del beato Álvaro del Portillo

Mª Dolores junto a un cuadro del beato Álvaro del Portillo

Como supernumeraria que soy, para mí ese encuentro era el que desea tener siempre “una hija con su padre”, para abrirle el corazón con total confianza.

En Villa Tevere, la sede central de Roma, Don Álvaro nos recibió con aquella sencillez y amabilidad que siempre le caracterizó.

Fue un encuentro que dejó tanto en mi alma como en la de mi marido, un resello de lo que supone para un cristiano vivir de fe y de plena confianza en Dios.

El motivo de éste viaje fue el siguiente: cuando regresábamos de un viaje de negocios,  por Indonesia, Singapur y Filipinas, Mariano, sufrió una crisis muy grave producida por la enfermedad que padecía desde hacía tiempo: un enfisema pulmonar severo.

Al regresar de ese viaje, acudimos a la clínica de Navarra en Pamplona, donde un yerno mío médico, nos dijo que el diagnóstico de mi marido era “muy preocupante”.

Yo empecé a encomendar al fundador del Opus Dei su curación, y le dije a Mariano: ‘si sales bien de ésta crisis médica, nos vamos a Roma a dar gracias ante la tumba del fundador del Opus Dei, en agradecimiento por tu restablecimiento’.

Rosario que le regaló el beato Álvaro

Mi marido se recuperó, y empezamos a organizar el viaje a Roma. Entonces se me ocurrió pedir ver  al Padre, -así llamamos la gente del Opus Dei al Prelado- que por aquel entonces era Don Álvaro del Portillo.

En ese rato de conversación, Mariano le contó que habíamos ido a ver el lugar donde estaba enterrado el fundador, para agradecerle su mejoría, y le dijo que pensaba que el fundador del Opus Dei ‘era un santo’; a lo que Don Álvaro rápidamente le contestó:”¡me lo vas a decir a mí!”

Quisimos llevarle de regalo el libro de “Las Edades del Hombre”,  que acababa de salir publicado, con motivo de la exposición que tuvo lugar en la catedral de Valladolid. Esta exposición se ha ido reproduciendo en otras ciudades castellanas, al tener tan buena acogida.

Don Álvaro nos contó que, san Josemaría celebró varias veces la santa Misa en esta catedral, y que por aquella época, solía detenerse más de lo normal, en los momentos de petición por las personas vivas y difuntas, de tal forma que los monaguillos que le acompañaban, le tiraban de la casulla, y le decían “Orate Frates”, para que continuara con la celebración de la Santa Misa. Al terminar la Misa, ya en la sacristía, san Josemaría, les daba unos caramelos a estos monaguillos.

Me lancé a contarle  a Don Álvaro que, el centro de la Obra de Valladolid al que acudo a formarme, se llamaba “Yesca”.

Mª Dolores en el parque de Campogrande

Allí acuden supernumerarias para cursar durante un par de años clases de filosofía, teología, y del espíritu del Opus Dei. Le dije que tenía el encargo de Celadora de uno de esos grupos, entonces me dijo que ese encargo que tenía ‘suponía una gran confianza de la Obra hacía mí, y que yo tenía la  responsabilidad de ser el Buen Pastor del que se habla en el Evangelio. Que tenía que dar la vida por “esas ovejas”,  lo que  me debía llevar a “rezar y ofrecer sacrificios por cada una de ellas”.

Con el ambiente íntimo que se había creado y de total confianza, en un momento de la conversación le comenté a Don Álvaro: Padre, mi marido cuando le digo que me voy al centro me dice: ¿qué juerga mística tienes hoy?

Le dije que yo le pedía a Dios que Mariano fuera de la Obra, entonces Don Álvaro me respondió: ‘me parece bien que pidas lo que a ti te hace tan feliz, pero no olvides que la vocación la da Dios, no tú, hija mía’.

Entonces intervino Mariano, y le contó que habíamos estado en Costa de Marfil (allí estaban empezando las mujeres de la Obra. Tuvimos ocasión de estar con ellas y ver la carencia material en la que vivían con tanta alegría), y  en Filipinas (en Cebú).

Mi marido le dijo al ver lo difícil que eran los comienzos de la labor apostólica en esos países: “Padre, esas mujeres tienen un valor inmenso, que es de descubrirse”. Y Don Álvaro le respondió: ‘Hijo mío, tienen toda la gracia de Dios, y la oración de todas las personas de la Obra’.

Luego pasamos a hablar de un primo mío de Valladolid,  -Don José Luis Soria-, que es sacerdote del Opus Dei desde hace muchos años, que ha vivido en Roma con san Josemaría y con él,  y de otros asuntos de familia.

¡Nos sentíamos tan a gusto, que no queríamos que se acabara este rato de tertulia!

Pero llegaba el fin de nuestro encuentro con Don Álvaro, así que mirándonos cariñosamente a los dos, nos dijo: ‘Hijos míos, que os queráis mucho, sabiéndoos comprender, porque hoy no hay paz, porque nadie comprende ni disculpa. Dirigiéndose entonces a mi marido le dijo: ‘aunque tú eres muy bueno, y tienes por socio a san José -Don Álvaro sabía que mi marido tenía una empresa de madera y que su patrón era san José- , tendrás tus defectos, que tu mujer deberá querer siempre, mientras no sean ofensa a Dios’, y lo mismo te digo a ti hija mía’. 

Mariano le dio las gracias por habernos recibido, y Don Álvaro nos las dio a nosotros, por haber ido a visitarle a su casa romana.

Nos quiso regalar a cada uno un rosario, que yo conservo con tanto cariño y con el que rezo el Rosario cada día. Antes de entregárnoslo dio un beso al crucifijo con gran devoción y cariño.

Termino este testimonio con estas palabras del ya beato Álvaro del Portillo, que se quedaron grabadas en los corazones de Mariano y en el mío: ‘Que recéis por mí, para que sea bueno y fiel. Ahora os doy  la bendición para vosotros, para vuestra familia, para todo lo que llevéis en vuestro corazón, para que lleguéis bien a Valladolid, y lo más importante, para el último viaje de vuestra vida’.

Firmado: Mª Dolores Cuadrado Barbero