Boda en Covadonga y comida de McDonald’s

Me llamo Rocío Rondero y nuestra historia comienza en Puebla (México), donde conocí a René, un joven asturiano de Gijón (España), que se había desplazado a mi ciudad por motivos profesionales.

Mi padre es cooperador del Opus Dei, y junto con mi madre, siempre se han preocupado de formarnos a mi hermana y a mí en la religión católica; en cambio la familia de René, no es creyente ni practicante, aunque de pequeño le bautizaron.

Cuando nos conocimos, conectamos enseguida e iniciamos una amistad que terminó en un noviazgo serio y profundo. Quiero destacar que desde los inicios de nuestro noviazgo llegó un punto en que René sin ser practicante, me preguntó que,  si nuestra relación llegaba a formalizarse plenamente, le gustaría que nos casáramos en Covadonga, delante de la Santina, y ese día sin decir más, le dije que nada me haría más feliz en el mundo. A este detalle, no le quise dar más importancia, para no desilusionarle, pues sabía que era difícil que esto pasara tan rápido, y además, me parecía algo imposible de cumplirse en ese momento.

Rocío con varias amigas del Opus Dei

Poco a poco, nuestra relación tomó más forma, y siempre tuve fe en que René se convertiría por voluntad propia, y se llenaría del amor tan grande de Dios y de nuestra Madre la Virgen María, como yo sentía. Siempre le decía que era imposible resistirse a ese “gran milagro de Amor de Dios por cada uno”, y que yo lo único que le pedía era “que estuviera abierto a su llamada”.

Con la idea clara de estar juntos para toda la vida, René me invitó a conocer a su familia, y a pasar uno de mis cumpleaños con ellos en España. Al tener esta idea prevista mi familia quiso acompañarnos, y este fue nuestro primer encuentro con todos  los miembros de su familia y de la mía en Gijón.

El 9 de junio de 2019, día de mi 26 cumpleaños, le pedí a mi novio que lo festejáramos de una manera especial, y así fue como tuvimos nuestro primer encuentro con la Santísima Virgen de Covadonga (la Santina). Llevábamos ambos una medalla con la cruz de los Ángeles, la cual sumergimos en la fuente que hay debajo de la cueva, y donde le pedí a la Virgen que nos mantuviera siempre unidos y bendecidos.

Este viaje a España fue increíble, lleno de alegrías, pues estuvimos en la inauguración del primer negocio formal en sociedad de René, el cuál pensaba, en un principio, llevarlo a distancia, pero al paso del tiempo, estando ya de vuelta en México, me planteó la necesidad de volver a España para darle un nuevo impulso, y hacerlo crecer más, pues este era su sueño en su primer negocio.

Rocío en la casa de retiros de Solavieya, donde participó en uno de ellos.

Al llegar a este punto, ya teníamos muy claro que queríamos estar juntos el resto de nuestras vidas,  y sabíamos que la relación de un noviazgo a distancia no era la opción mejor, pero a la vez, nos encontrábamos ante una situación difícil, ya que para mí suponía dejarlo todo: mi familia, mi trabajo, mis amistades….

Yo tenía una gran incertidumbre al plantearme ir a vivir “a otro lado del mundo”, si optaba por casarme con René, ya que viviría en una ciudad de la que sólo sabía su ubicación geográfica y poco más…pero el tiempo apremiaba, pues los días avanzaban, y yo le pedía en mi oración luces a Dios para saber qué camino debía escoger. Hasta que llegó un día en el que René me preguntó qué decisión había tomado, y mi respuesta fue un: “sí, me voy contigo para iniciar una nueva etapa junto a ti”.

Para mí, una persona de fe , creyente, que frecuenta los sacramentos, y cara al planteamiento que nos habíamos hecho de casarnos enseguida, fui contándole a mi novio, lo que realmente suponía para mí formar un verdadero hogar cristiano, que estuviera abierto a la vida, a educar a los hijos en la fe cristiana, etc. René me escuchaba con mucha atención, y viendo mi estilo de vida coherente con esa fe, me dijo que quería empezar a recibir formación cristiana, y estando todavía en Puebla, hizo su Primera Comunión y recibió el sacramento de la Confirmación, siendo yo misma la madrina en ambos sacramentos, por eso, me siento responsable de llevarlo de la mano y con gran amor por este camino de fe.

Cuando viajé de nuevo a Gijón, recordé que mi padre me había animado a ponerme en contacto con algún centro del Opus Dei, pero me vine de mi país sin la dirección.

Rocío y René con sus amigos al terminar la ceremonia en Covadonga

Un día al salir de Misa, vi que al lado de esa iglesia, había una librería que decía claramente que era diocesana. Entré y pregunté a la dependienta si podía ayudarme a localizar un centro de la Obra. La dependienta no supo decirme, pero un señor joven que estaba al lado ojeando unos libros, al oir nuestra conversación se me acercó y me dijo que su mujer, – Gabi-,  era supernumeraria del Opus Dei, y que si quería, él podía presentármela. Emocionada, le contesté que sí, y a los pocos días me llevó a Naraval, uno de los centros que hay en esta ciudad. Siempre  dije que en esta vida no existen las coincidencias, sino las DIOSidencias….

Allí conocí a Teresa, la directora del centro, no sabía lo importante que iba a ser este encuentro, hasta que fue pasando el tiempo, y lo fui descubriendo poco a poco, pues me encontré con una  verdadera amiga y confidente, que se interesaba de verdad por mí,  y que me puso en contacto con otras jóvenes de mi edad que iban por el centro. Me ayudó a retomar los medios de formación;  yo veía claramente que los necesitaba en estos momentos de manera especial, ya que iba a iniciar una de las etapas más importantes de mi vida.

A las pocas semanas de estar allí, y como es habitual en México, celebramos la boda civil, a la que asistió una pequeña parte de mi familia de México. Mientras tanto, teníamos en mente celebrar la boda religiosa a la que asistirían más personas de mi familia mexicana, y estando haciendo todos estos trámites para tener la boda eclesiástica, las cosas cambiaron de repente, al desatarse la pandemia del coronavirus en España.

Aunque inicialmente parecía que el confinamiento iba a durar quince días, éste se fue prolongando hasta mediados de junio, de modo que tuvimos que parar toda la preparación de la boda.

covadonga

Rocío y René con el sacerdote que les casó, Don Manuel Álvarez

Pasados los meses del confinamiento, retomamos la formación y los demás asuntos que habíamos dejado suspendidos; pero cada vez que parecía que podíamos avanzar, surgían nuevas dificultades, ya que la pandemia y los contagios no habían terminado, y el protocolo exigía seguir cuidando una serie de medidas sanitarias.

El verano del 2020, después de un confinamiento estricto, le pedí a René que fuéramos una vez más por mi cumpleaños a visitar a la Santina, y  allí en mi oración personal,  le pedí a la Virgen         que me alcanzara los medios necesarios para poder celebrar nuestro sacramento del matrimonio, pues era consciente de lo complicado que era, por el contexto mundial en el que vivíamos entonces, pero yo confiaba totalmente en mi Madre la Virgen.

Pero a medida que mejoraba la situación en España por el Covid’19, seguían ciertas restricciones como la de ingresar personas con visado de turistas, con lo que se impedía que mi familia pudiera viajar para asistir a nuestra boda. Las cosas se iban poniendo peor para hacer nuestra boda.

Una tarde del mes de  agosto, agobiada por una plática que tuve con René con respecto a la boda religiosa, me dirigí a mi “segundo hogar, Naraval”, y le conté a Teresa las ganas que tenía ya de casarme y de formalizar nuestro matrimonio. Ella –siempre buena consejera- me serenó, me animó a que lo rezara, y a que hablara con mis padres..

Efectivamente hablé con mis padres, e inmediatamente me dijeron que lo más importante era que recibiéramos el sacramento del matrimonio, aunque ellos no pudieran venir y estar con nosotros. Que ya habría tiempo de celebrarlo. Esta rotundidez fruto de la fe, fue el apoyo vital para que nos decidiéramos a ultimar los preparativos y nos casáramos. Eso sí, iba a ser una  boda sencilla y con pocos invitados.

En ese momento, por las circunstancias, en todas las iglesias se suspendieron reuniones, excepto la celebración de la santa Misa, y por tanto no había cursos prematrimoniales, así que teníamos que buscar otras alternativas.

Tuve que pedir un permiso especial, y con la ayuda del sacerdote del centro, que me fue indicando los pasos necesarios, organizaron un curso de preparación matrimonial para nosotros dos. Fueron unas semanas intensas de formación, impartidas por el sacerdote y por Blanca, una supernumeraria que tiene grandes conocimientos sobre este tema.

Las del centro de Naraval y las supernumerarias que había conocido en este tiempo, me ayudaron a buscar un lugar dónde podría celebrarse la boda, barajando todo tipo de posibilidades: una parroquia, un oratorio o si se podía -¡era mi sueño!- casarme en la  Basílica de Covadonga, un lugar emblemático en Asturias, y que nos hacía especial ilusión.

Para casarnos en este lugar, se necesitaba, además de un permiso especial, un certificado especial del Abad que justificara el motivo del viaje hasta allí. Pero, ¡por fin! llegó ese permiso, proponiéndonos celebrar la boda en una pequeña capilla que hay en el interior de la gruta, donde se conserva la imagen réplica de la primitiva de la Virgen.

La fecha que elegimos fue el 28 de noviembre, fecha en la que nos conocimos René y yo. Lo que no sabíamos nosotros, era que ese mismo día, pero en el año 1982, el Papa san Juan Pablo II, había erigido el Opus Dei en Prelatura Personal… ¿coincidencia o providencia?

Y llegó el día esperado, era sábado y la capilla era muy acogedora. Nos casó el sacerdote del       centro del Opus Dei; quise preparar las lecturas e hice personalmente una consagración muy emotiva de nuestro matrimonio ante la Virgen de Covadonga. Teresa, se encargó de llevar grabadas varias piezas de música clásica, que en la capilla sonaron muy bien, y nos ayudaron a vivir esta ceremonia con gran recogimiento.

Mi vestido de novia lo compré por internet. Y junto con mis amigas de Naraval, conseguí otras prendas que no tenía, como un bonito chaquetón que me prestó Carmen, -para que me pudiera abrigar ese día-, o las arras que me prestó, y que eran las que había llevado su hija en su boda. Han sido unos momentos muy especiales y a la vez, divertidos.

Asistieron solamente siete personas: Eline (una amiga, casi hermana), David su esposo; Gabi (nuestro pajecito), hija de Eline  y David; Majo (amiga de Puebla que vive en Asturias) y su novio Rubén, y Teresa, (mi amiga cómplice de principio a fin y nuestra madrina de matrimonio), y Don Manuel (el sacerdote del centro).

Resultó todo muy emotivo; al terminar fui a entregar a la Santina de la Cueva mi ramo de novia, en donde con mi corazón lleno de alegría fui a darle las gracias, pues sin planear tanto las cosas, nos concedió nuestro sacramento y qué mejor lugar que bajo su manto.

No faltó un reportaje fotográfico por los sitios emblemáticos del Santuario de Covadonga; era un día de sol radiante, aunque hacía mucho frío y no había nadie. En la explanada hablé con unas monjitas que cuidan todo aquello, y les pedí que rezasen por nuestro reciente matrimonio.

No pudimos celebrarlo materialmente, ya que estaban cerrados todos los hoteles, restaurantes y cafeterías por la pandemia. Pero, para nosotros dos, eso era lo de menos, lo más importante, ya lo habíamos celebrado.

Nos despedimos de nuestros invitados y de camino a casa, nos encontramos con un McDonald’s que estaba abierto, nos bajamos del coche y nos compramos una hamburguesa con un refresco que tomamos felices en casa.

Mis padres –desde Puebla- calcularon la hora de la ceremonia y madrugaron ese día para ponerse en oración tres horas antes de que empezara  la ceremonia, para acompañarnos a René y a mí en este momento tan importante de nuestras vidas.

Al finalizar, ya de regreso bajando de Covadonga nos hicieron una vídeollamada, para felicitarnos por nuestro matrimonio, y se les veía radiantes de contentos. En ese momento pensé en su generosidad. Fue realmente muy emocionante!

Rocío a la salida del burger con la bolsa de comida de McDonald’s para celebrar su boda

Cuando recibieron el vídeo de toda la ceremonia, escribieron enseguida a Teresa para agradecerles a todas las personas que nos habían ayudado y acompañado en estos meses, comportándose con nosotros, como hace una verdadera familia.

Teresa, siempre me dijo que Naraval era mi casa, y yo me lo tomé muy en serio… todas las personas que conocí ahí, me marcaron, me extendieron su mano y me abrieron no sólo las puertas de sus casas, sino algo más valioso… su corazón. Las llevo en mis pensamientos y en mis oraciones diarias, sé que tengo una familia que no lleva apellidos, pero trascendieron en mí, en mi matrimonio, en mi familia y sobre todo en mi corazón.

Ahora estamos de nuevo viviendo en México, ya que ambos hemos conseguido trabajo en Puebla; pero yo sé que el objetivo por el cual tuvimos que vivir en España en esos meses, y pasar por tantas experiencias, fue por el viaje y la petición que hicimos la primera vez que visitamos a la Santina: ¡comenzar una vida juntos, pero con su bendición!  Yo he dejado parte de mí, sin duda alguna, en esta tierra asturiana a los pies de la Santina.

Les he querido compartir este testimonio, y les invito a que conozcan la importancia de la oración, la fe y sobre todo, la congruencia en nuestro vivir diario, pues siempre tendremos problemas y dificultades en el camino, pero nunca hemos de olvidarnos que todo pasa por algo, que Dios nos ama, y tiene un proyecto divino para cada uno de nosotros, y que nunca deja de caminar a nuestro lado.

Estoy muy agradecida, y sé que este camino apenas ha comenzado, y que mi vida dentro del Opus Dei se está iniciando; y le pido a Dios y a la Virgen que por intercesión de San Josemaría, siga creciendo mi matrimonio y  familia en un camino de santidad.

Firmado: María del Rocío Rondero Cereceda