Jap

Carta desde Japón

El vallisoletano Francisco Martín, del que hemos informado recientemente, lleva 25 años en Japón. Allí se fue para extender la labor apostólica del Opus Dei y trabaja como profesor de castellano. Nos escribe una carta contándonos sus experiencias sobre la tragedia que está viviendo su país. En ella, entre otras cosas, nos pide y nos agradece nuestras oraciones.

"Aunque la situación es seria poco a poco se va ganando control. Quizás lo más preocupante sigue siendo el problema de la central nuclear. De todas formas no es, ni mucho menos, tan negro como lo pinta cierta prensa internacional, especialmente europea, neurótica y sensacionalista ¿Qué les pasa? ¿tienen miedo a reconocer que el hombre no es omnipotente y que la ciencia, una ciencia sin Dios en muchos casos, no tiene la solución para muchos de nuestros problemas?  Se insiste en que Japón ya era un país en decadencia antes del “tsunami” como si las fuerzas de  un país se limitaran a su poder económico. Los japoneses están demostrando, siempre ha sido así, que constituyen un pueblo de grandes virtudes, lealtad, responsabilidad, orden, laboriosidad, docilidad, solidaridad, buenas maneras, etc.

 

Cada vez se van conociendo más historias conmovedoras, que constituyen una pequeña muestra, del heroísmo de este, para mí, tan querido pueblo, del que me considero, por gentileza suya pues no me llego a su altura, uno más entre ellos.

Hace unos días rescataron a Jin Abe, un chaval de 16 años y a su abuela de ochenta. Estaban en la cocina cuando les barrió el tsunami. Quedaron atrapados ahí, entre la mesa y el frigorífico. Pudo hablar con su padre por el móvil menos de un minuto para comunicarle que estaban vivos. El padre, Akira, hizo lo indecible para llegar a la casa pero se encontró con que había desaparecido. Convencido de que su hijo vivía, pidió a la policía que hicieran un esfuerzo por encontrarlo. Los encontraron a los nueve días. La casa había sido arrastrada unos cien metros. Jin, al oír las voces de los policías hizo un esfuerzo y se asomó al tejado. Les llamó y, lo primero que pidió fue que rescataran a su abuela. pudieron sobrevivir, gracias a que el frigorífico lo tenían a mano, a base de cocacola y yogurt. A los tres días Jin consiguió penetrar en la habitación de al lado y encontrar unas mantas secas con las que arroparse. Su padre estaba orgulloso pues "había hecho honor a su nombre: "Jin" significa "al que se le confía algo o alguien" y él cuido de su abuela hasta que pudieron encontrarlos.

Hashimoto san, 61 años. Capataz en una empresa de construcción tiene la misión, al frente de un grupo de trabajadores, de limpiar la ciudad donde vivía. Se le saltan las lágrimas, sobre todo, cada vez que encuentra el cadáver de un amigo o conocido. Ha perdido todos sus enseres por lo que duerme en el coche. Su consuelo es el vídeo que le llega todas las noches, por el móvil, de su nieto de cinco años, diciéndole: "abuelo, no te canses. Mucho ánimo”. Ayer apenas les quedaba combustible para seguir las operaciones de rescate. Cuando se dirigía a las autoridades para pedir más se encontró con un montón de barriles en un campo, que habían sido arrastrados por el tsunami desde una base militar. Pidió permiso a las autoridades militares para utilizar ese combustible (A pesar de llevar 28 años en Japón me sigue conmoviendo esta honestidad, de no utilizar nada sin permiso de su dueño, aún en medio de los mayores apuros) y, con el visto bueno, ahora pueden seguir trabajando por un tiempo mientras esperan que les envíen más.


Ishida, jefe de bomberos, que capitanea uno de los grupos de la central nuclear afectada, preguntado si son conscientes de que se están jugando la vida en esos momentos contestó que sí, pero que su responsabilidad y, sobre todo, pensando en el futuro de sus hijos (todos los de su grupo los tienen) consiguen dominar los nervios y centrarse en su trabajo, durante los pocos minutos que tienen para actuar, dada la alta radiación.

También es bonito ver en los refugios niños de primaria "voluntarios", dando masajes a los ancianos, entumecidos por el frío o el cansancio. Enfermeras, médicos y otros voluntarios que han perdido sus enseres o familiares pero siguen atendiendo a las víctimas con una sonrisa y sin permitirse un descanso…Hoy, sin más, nos ha llegado la noticia de Shigeru, un ingeniero que permaneció en la planta baja de un hospital después del terremoto para arreglar la telefonía, necesaria para que los médicos pudieran seguir en contacto con el exterior. Un compañero le avisó de que se acercaba la ola. Comentó que no podía dejar de intentarlo hasta conseguirlo. El tsunami se lo llevo pero le dio tiempo de poner en marcha el teléfono…

D. José Ramón Madurga, el primer fiel del Opus Dei que vino a comenzar la labor en Japón decía, haciéndose eco del pensamiento de S. Josemaría que los japoneses eran “naturalmente cristianos”. A mí no me cabe la menor duda. Muchísimos japoneses viven todavía la ley natural, revelada en los diez mandamientos, aún sin saberlo o sin ser conscientes de ello.

Me comentaba un amigo, profesor de universidad y que no se considera creyente, ante esta tragedia que, aunque suene irreverente, no puede uno por menos que hacerse la pregunta ¿Dónde de está Dios? Para añadir a continuación “Dios está en aquellos que arriesgan sus vidas oyendo en su corazón los gritos inaudibles de las víctimas…También en aquellos que, sin poder hacer nada, se preguntan ¿Pero no hay algo que pueda hacer yo?” Pienso que esta pregunta se la hacen la mayoría de ellos. Le comenté que también Dios, y quizás más visiblemente, está en los que sufren, reconociendo su indigencia y dejándose ayudar, sacando así al hombre de su egoísmo y su cobardía,  de su comodidad. Tanto el que se sabe dar como el que se deja ayudar se enriquecen. Se suele destacar el valor de los que ayudan, pero no es menor, me parece, el de los que se dejan ayudar. En esto también, por su orden, paciencia, docilidad, entereza etc. Los japoneses nos están dando un claro ejemplo.

 

Por eso entiendo muy bien las palabras de Monseñor Lombardi, portavoz de Vaticcano al referirse a los obreros que trabajan en la central nuclear en un artículo de Zenit: “Hoy en la central enloquecida, un grupo de héroes está dando generosamente la vida para la salvación de muchos. Como los bomberos del 11 de septiembre – concluyó –. Como entonces, el amor solidario por los demás, incluso arriesgando la propia vida, es la verdadera luz en la oscuridad de la tragedia. Indica la dirección en la que buscar. Es la misma dirección del camino con Jesús hacia la Pascua”.
 
La ciudad de Kamaishi, desaparecida del mapa, había sufrido ya varios tsunamis. Por eso construyeron un dique de contención y un refugio formidable a prueba del agua. Además hacían ejercicios de salvamento "kunren" varias veces al año. El maremoto se llevó el dique he inundó el refugio muriendo la mayoría de las 500 personas que se refugiaban ahí. Algunas sobrevivieron por estar en el segundo piso, respirando del aire que había en el pequeño espacio entre el agua y el techo, agarradas a los rieles de las cortinas, para no hundirse. Así estuvieron más de un día, hasta que llegaron los equipos de rescate.

Los chavales de una escuela de primaria se lanzaron monte arriba, como una semana antes habían hecho en los entrenamientos pero no se detuvieron en el lugar que les habían indicado entonces, como ya seguro, sino que continuaron subiendo monte arriba y se salvaron por los pelos. De esto mostraron un vídeo por televisión, tomado por la profesora con su móvil.. Se te pone la piel de gallina. En fin, de todos se aprende. No basta con conformarse con llegar a un lugar que nos parece seguro, hay que seguir subiendo hasta donde nos den las fuerzas, aspirando a lo más alto, “fiados de la profesora”, fiados de Dios, como estos niños sencillos.

 

Pude vivir, en mi propia piel, la tragedia que supone un terremoto, en Kobe, el 17 de enero de 1995, a las cinco cuarenta y cinco de la mañana. 6.000 muertos, miles de heridos y el 40% de las casas destruidas. Lo más duro fue que la mayoría se olvidó de nosotros a los pocos meses. Hoy me ha llegado un mensaje de ánimo de Toño, desde Haití… Sufrir enseña a compadecerse con el que sufre, a dar lo mejor de nosotros. No olvidemos a Japón, no olvidemos a Haiti, no olvidemos a Tailandia, Indonesia, etc., Que tengamos en nuestras oraciones y trabajos diarios a todos los que sufren. Que no nos acostumbremos a observar como si no fuera con nosotros. Hoy por mí, mañana por tí. Y siempre por Dios, porque sabemos que es Padre Omnipotente y, sobre todo, es Amor y del mal siempre saca abundancia de bienes.

La recuperación, a escala nacional también (pues económicamente, psicológicamente, etc.), nos afecta a todos, llevará mucho tiempo, años, pero, con la oración y el apoyo de todos surgirá un Japón más humano, más realista y, por tanto, más fuerte, sobre todo porque muchas personas se habrán acercado a Dios.

 

¿Os habéis percatado de que esta vez no se produjo ningún accidente de tren, a pesar de que, a esa hora circulaban miles? Esto fue gracias al terremoto anterior, en Niigata, en el que sí hubo. Entonces los japoneses desarrollaron un radar que detecta la onda sísmica antes de que llegue el temblor por eso, esta vez, se pararon los trenes (abarrotados de pasajeros por la hora) automáticamente. Mientras se balanceaban los vagones, nadie se movió, alentados por  el aviso del conductor de que los vagones aguantarían la sacudida sin volcarse. Todos lo creyeron y nadie se dejo llevar por el pánico.

Pues otro tanto pasará con las centrales nucleares a partir de ahora. Con esta experiencia mejorará la técnica.

Es bonito también ver cómo, algunos de los chicos que vienen por aquí para formarse van tomando iniciativas por su cuenta. Kensuke, acaba de terminar el bachillerato, ha oraganizado una cadena de oración en Facebook, Michi, un Charity walk mañana en Osaka, al que me apunto yo también, Hideto recogiendo donativos en la calle con un grupo de amigos… Para ellos y todos cuento con vuestras oraciones.

Muchas gracias y un fuerte abrazo

Paco"