El Prelado del Opus Dei celebra una misa en la parroquia burgalesa dedicada a San Josemaría

Javier Echevarría, el hombre que fue, junto al Beato Álvaro del Portillo, la sombra del fundador del Opus Dei durante más de veinte años, y, en cuyos brazos murió San Josemaría, oficiará hoy la Eucaristía en la nueva parroquia dedicada a uno de los españoles más influyentes en la Historia de la Cristiandad.

Cientos de fieles arroparán al Prelado de la Obra, en un día memorable para Burgos, ciudad en la que San Josemaría vivió más de un año y concluyó su obra «Camino», en una pequeña pensión junto al río Arlanzón, en plena contienda entre españoles.

Monseñor Echevarría no se lo pensó dos veces, a la hora de responder a la invitación del arzobispo de Burgos, Francisco Gil Hellín. Su presencia en la capital burgalesa, su participación en este acto, es un respaldo a esta iniciativa promovida por familias burgalesas de toda condición.

Fieles y no fieles de este universal movimiento católico, del que forman parte 90.000 mujeres y hombres de cien nacionalidades de todo el mundo, han logrado con la tenacidad de José Luis Tapia, al frente de la nueva parroquia, sacar adelante el proyecto.

La intensa jornada del Prelado del Opus Dei en Burgos, se completará con una gran tertulia, por la tarde, que estará presidida con don Javier Echevarría, con numerarios, supernumerarios y amigos de la Prelatura, en el Forum Evolución.

La nueva parroquia fue consagrada por el arzobispo de Burgos el pasado viernes. Una ceremonia que congregó en este templo, que sorprende por su holgura y luminosidad bien medidas para un espacio religioso, a cientos de feligreses, muchos de los cuales han tenido arte y parte en que esta parroquia sea una realidad, con multitud de pequeños donativos personales.

La nueva parroquia atenderá especialmente la catequesis familiar y juvenil. Cuenta, también, con amplias instalaciones destinadas a Cáritas y a labor social.

El fundador del Opus Dei, vivió en Burgos entre el 8 de enero de 1938 y el 27 de marzo de 1939. Los biógrafos de San Josemaría suelen referirse a esta etapa como «la época de Burgos».

Fueron años de intensa oración, de extenuante trabajo y no pocas privaciones, durante los que aquel sacerdote que gustaba decir de sí mismo que no era más que «un cura pelao», puso las bases para la expansión de esta espiritualidad laica, precursora del Vaticano II, centrada en la santificación de la vida ordinaria a través del trabajo de cada día.

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