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Encuentro con San Josemaría

Al terminar la guerra la familia se trasladó a Valencia, donde conoció a San Josemaría, que había sufrido -por su condición de sacerdote- las numerosas penalidades que comportó la persecución religiosa que se desató junto con el conflicto bélico.

“Conocí al Padre el día 30 de marzo de 1941 -recordaba Encarnita, años después-, en Alacuás (Valencia, donde vino a dirigir unos ejercicios espirituales, organizados por el Consejo Diocesano de las jóvenes de Acción Católica). Había leído la primera edición de Camino –recientemente aparecida- pocos días antes; y al enterarme de que el autor de aquel libro iba a dirigir la tanda de ejercicios, decidí hacerlos, para ver como hablaba aquella persona que escribía así. (…).

Comenzaron los ejercicios. Entramos en la capilla. Poco después llegó nuestro Padre. Su recogimiento, lleno de naturalidad, su genuflexión ante el Sagrario y el modo de desentrañarnos la oración preparatoria de la meditación, animándonos a ser conscientes de que el Señor estaba allí, y nos miraba y nos escuchaba, me hicieron olvidar inmediatamente mi deseo de escuchar a un gran orador, y se cambiaron por la necesidad de escuchar a Dios y de ser generosa con El. Vencí la pereza y, por buena educación, fui a saludar al Padre.

Después de un brevísimo preámbulo, con un gran asombro por mi parte ya que no conocía su existencia, el Padre, como en hipótesis, me explicó en síntesis la Obra: buscar la santidad en el trabajo ordinario, sin salirse de su sitio; estar en el mundo sin ser del mundo; vivir vida contemplativa sin ser religiosos, convirtiendo –sin hacer cosas raras- la calle en celda… Me habló de la filiación divina como nota que perfilaba la fisonomía de las personas que trabajan así y su gran importancia; de inquietud apostólica; de virtudes humanas: sinceridad, laboriosidad, valentía…

No sabía que existiese el Opus Dei, pero en aquel momento lo vi perfectamente estructurado y me asustó mucho que Dios me pudiera pedir lanzarme a los comienzos de algo que me parecía maravilloso, que me iba perfectamente, pero que lo exigía todo. Hice el propósito de no volver a encontrarme, frente a frente, con el Padre. A pesar de esa decisión, no podía dormir ni casi comer. Veía que Dios necesitaba mujeres valientes para hacer su Obra en la tierra; y, no sabía por qué, yo me había enterado a través de su Fundador… Aquella idea la tenía viva, constantemente.

Llegó el último día y la última meditación de aquella jornada. Sólo faltaba, a la mañana siguiente, la plática sobre perseverancia y la Santa Misa. Entró el Padre en la capilla. Repitió la oración preparatoria, que siempre me impresionaba tanto, y comenzó a hablar sobre la Pasión del Señor. Al terminar la meditación, cuando intenté formular un propósito, alguien me tocó en el hombro y me dijo: te llama Don Josemaría.

Al entrar en la misma salita de la otra vez, todo me parecía distinto. Sólo quería decir una cosa: que estaba dispuesta a todo.

El Padre, entonces, empezó a ponerme dificultades: la vida iba a ser dura; la pobreza, grande; había que tener disponibilidad total hasta para irse lejos; tal vez habría que aprender japonés y marchar allá… Nada importaba ya: me había arrancado una decisión plena que, apoyada en la gracia de Dios, salvaría las dificultades”.