Estela y Felipe en el bar del pueblo

Estela, de Buenos Aires a Peralejos de Abajo (Salamanca)

Estela pasa un paño con líquido desinfectante por las mesas y la barra del bar “El reencuentro”, así han decidido llamarlo su marido y ella, de Peralejos de Abajo. Es un lugar donde la gente del pueblo acude a jugar a las cartas y dónde se pasan horas hablando y contando recuerdos. Ella, mientras tanto, repasa mentalmente las compras que debe hacer esta tarde en Salamanca después de acudir al Centro del Opus Dei para sus medios de formación, como acostumbra cada semana.

Costumbre reciente, puesto que hasta hace poco más de medio año Estela y su familia vivían en la provincia de Buenos Aires, Argentina, donde ella trabajaba como directora de Familia en un colegio privado, su marido como comercial de la industria alimentaria, y los tres mayores de sus siete hijos -Esperanza, Fátima y Felipe- también comenzaban ya su vida profesional como profesora de Arte, médica oftalmóloga e ingeniero agrónomo respectivamente.

Ahora todo eso ha quedado atrás para Estela y Felipe, quienes decidieron venirse a vivir a España con sus cuatro hijos menores –Lucas, José María, Sonsoles y Salvador- para iniciar un nuevo proyecto de vida con una finalidad clara: conseguir para ellos un futuro mejor, con una mejor calidad de vida. “Argentina está viviendo un momento difícil -asegura Estela-, y con la pandemia se ha visto agravado, el futuro que le espera parece que va a peor. Nosotros pudimos formar una familia grande y sacarla adelante, pero veíamos que nuestros hijos quizás no pudieran hacer lo mismo. Por eso nos planteamos venir a España, buscando esas mejores posibilidades para nuestros hijos pequeños”.

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Estela con su marido Felipe y sus hijos en la Plaza Mayor de Salamanca

– ¿Cómo se fraguó esa idea hasta tomar cuerpo en un pueblo de apenas 160 habitantes de la provincia de Salamanca, regentando el bar y la tienda del pueblo y proyectando un alojamiento turístico con asador argentino y con piscina?

– El cambiar de proyecto de vida era un sueño que tenía mi marido desde hace mucho tiempo, pero, como solía decirle yo, era solo eso, un sueño. Sin embargo, el año pasado llegó la pandemia y nos hizo replantearnos todo. Así que un día le animé a poner en marcha ese cambio, a hacer realidad su sueño. El primer paso fue enviar muchos mails a lugares concretos donde queríamos ir a comenzar nuestro proyecto rural. Y un buen día nos contestan y nos ofrecen venir a España para comenzar este proyecto en Peralejos de Abajo. Lo más curioso es que nos contactaron de un lugar al que nunca habíamos escrito antes; es decir, contestaban a nuestro mail, pero nosotros nunca se lo habíamos enviado.

Desde entonces todo fue rodado, aunque no sencillo ni fácil. Vinimos a España para ver el pueblo y las instalaciones de lo que sería nuestro negocio: un complejo rural. Yo puse una condición doble: por una parte, que hubiera iglesia para poder asistir a Misa; y, por otra, quedarnos con el bar del pueblo, ya que nos daría pie a hablar con la gente de tú a tú, y de conocerlos. Para mí, el trato humano era lo fundamental, es lo que nos hace estar hoy aquí, inmersos en esta aventura, que es todo un reto.

– ¿Y no os dio miedo afrontar un cambio tan radical, venir a un país desconocido dejando atrás parte de la familia? ¿Conocíais a alguien en España?

– Miedo, no. Sí que es verdad que ahora estamos en un momento de cambios duros, pero también apasionantes, y todo se supera poniendo mucha ilusión y esperanza.

Claro que nos costó salir de allí dejando a los tres hijos mayores en Argentina. Dos de ellos -Fátima, médica oftalmóloga, y Felipe, ingeniero agrónomo-, se casarán este año en septiembre, así que ampliamos la familia y paso a tener nueve hijos. Y claro que cuesta tener el corazón partido, pero Dios te va dando todo lo que le pides si considera que es para nuestro bien. Esto lo tengo muy claro y hoy por hoy puedo ver la mano de Dios en todas las cosas. Me doy cuenta de cómo Él va haciendo todo, poco a poco, sin que entendamos el porqué, pero luego, finalmente, todo encaja. Es como decía san Josemaría: nudo tras nudo se va haciendo un tapiz valiosísimo, aunque visto por detrás no muestre más que infinitos nudos, a veces deshilachados. Dios se sirve de los sucesos duros de la vida para algo muy grande, así que no podemos ni debemos mirarlo por el lado de los nudos, porque por el lado que Dios ve va dejando una obra tan maravillosa como es la santidad.  Ahora, en mi día a día, noto la presencia del Señor constantemente y el amparo de la Virgen.

Al llegar a España no conocíamos a nadie, pero ahora estamos conociendo a mucha gente del pueblo y de otros lugares cercanos y es una ocasión muy linda porque la gente te cuenta, te abre su corazón, y, bueno, tratando de pedir por cada uno de ellos desde donde estamos y con mucha humildad. Además, al acudir al centro del Opus Dei para los medios de formación, siento que la Obra es una gran familia y me siento acompañada.

– ¿Cómo conociste el Opus Dei?

– En mi propia familia, cuando era muy pequeña, ya que mi madre también era de la Obra, así que en mi casa aprendí a amar a Dios dentro de un ambiente de cariño y libertad. Siempre me he sentido muy libre. Pero, realmente, quien me marcó profundamente fue mi hermano mayor, que murió a los catorce años. Eso me afectó de forma tremenda, ya que él, además de mi hermano, era mi protector, mi todo. Él me ensenó, desde pequeñita, a rezar la estampa de San Josemaría. Y él fue quien me indicó su camino al Cielo, siempre lo he sentido así. Siguiendo ese camino, desde hace 28 años soy Supernumeraria del Opus Dei.

Y en todo este cambio de vida, mi vida como supernumeraria, o lo que es lo mismo, mi santificación en medio de mis quehaceres, pues es como decía san Josemaría, es decir, que estuviéramos en lo que hacemos, que amemos, que pongamos el corazón a cada día, a cada instante, viendo a Jesús en las cosas que hacemos, en la gente que tratamos, y hacerlo para mayor gloria de Él, no para uno. Crecer en humildad y ofreciendo las cosas, sean buenas o cuando no salen como uno quiere. También cuando salen bien ofrecérselo a Él.

Estela y amiga

Estela con María Ángela Bartol, amiga suya del pueblo

– Tiene que ser difícil cambiar el trabajo intelectual en el equipo directivo de un centro de enseñanza al trabajo manual duro y bullicioso de un bar.

– Es cierto que nosotros venimos de una vida muy distinta: mi marido era comercial en la industria alimentaria, y ahora trabaja en la construcción hasta que salga otra cosa; y yo tenía un trabajo intelectual, pero no tengo ningún problema de estar sirviendo de otro modo, y quiero sobre todo ayudar a labrar un futuro para mis hijos pequeños y ver a mi marido feliz. Eso sí, procuro cuidar mucho a mi familia, ya que son muchas horas de bar y mi marido también pasa muchas horas trabajando.

Al no tener cultura de bar, no sabía lo que está bien o mal. Nada más llegar, puse una Sagrada Familia pequeña y cuando cogí más confianza he puesto un Sagrado Corazón que preside el bar. Y al principio chocaba un poco, pero ahora les llevan flores y hasta compiten por ver quién se las lleva más bonitas. Así que el Señor del bar está en su mejor lugar.

Hay gente que no cree y muchas veces dicen palabrotas que me chocan muchísimo porque en Argentina no se dicen, aunque hay otras igual de irreverentes. Y cuando las oigo le digo al Señor que les perdone, la verdad que esto me resulta muy duro porque es bastante común. También le digo al Señor que me perdone a mí porque también hago cosas que no le gustan.

Y, bueno, no es fácil estar fuera de casa, pero en este bar tengo la ventana de la cocina que da a la iglesia, así que con solo levantar la mirada la veo y hablo con el Señor, le digo cosas lindas y le pido ayuda. Y Dios me da muchas cosas para hacer, así que nunca me aburro. Además, el tener un trabajo de cara al público es una posibilidad muy grande de hacer apostolado. Como aún no tengo el lujo de tener las llaves de la iglesia, hago la visita al Santísimo desde fuera, y a veces vez rezo el rosario caminando por el pueblo acompañada por alguna vecina. Así que, al ritmo de Dios, abandonada en Él, me gusta pensar que no es lo que uno quiere, sino que estamos en este pueblo porque Él lo quiso y dispuso así. Nosotros ponemos los medios y Él actúa.