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Falleció D. Ramón Labiaga

El día 26 falleció D. Ramón Labiaga, sacerdote mejicano afincado desde hace más  de 30 años en Valladolid donde ha realizado una intensa labor pastoral entre laicos y sacerdotes. Nació en el año 1933 y  pidió la admisión en el Opus Dei en 1949. Fue ordenado sacerdote en 1956 y conoció muy de cerca al Fundador del Opus Dei.

D. Ramón fue además durante muchos años Director del Ateneo Sacerdotal Esgueva y Promotor de los Encuentros teológicos de Tordesillas para sacerdotes de toda la Comunidad autónoma.

El funeral se celebró el día 27 en la Iglesia de San Lorenzo. El templo estaba abarrotado y  la Misa, presidida por el Vicario del Opus Dei en Castilla y León,  fue concelebrada por 25 sacerdotes.

Reproducimos el texto de la Homilía predicada por el Vicario del Opus Dei, Ignacio Font, que refeleja vivamente algunos aspectos muy elocuentes de la vida de D. Ramón:

 

 La celebración de un entierro constituye para los no creyentes un motivo de pena y de estupor. De pena, porque piensan que se rompe definitivamente la relación con una persona querida: “el último adiós”, le llaman. Y de estupor porque se enfrentan a un enigma sin una respuesta que dé satisfacción a la incertidumbre de este momento. Es la reacción lógica de quien carece de fe, según hemos leído en la primera lectura: la gente insensata pensaba que morían, consideraban su tránsito como una desgracia, y su partida de entre nosotros como una destrucción (Sabiduría 3, 1-9).

 

         En el caso de las exequias cristianas, la conclusión es diferente. Hay también pena, mucho dolor por la separación. Ayer, uno de los que convivía con él me decía: “estamos hechos polvo”. Y es lógico que sea así; si no sufriéramos seríamos inhumanos, pero nos consuela la seguridad de que la ausencia es solo temporal. Volveremos a encontrarnos con las personas queridas, del mismo modo que Ramón –eso intuimos- está ahora gozando de la compañía de sus padres, de sus dos hermanos y de los familiares que le han precedido; disfrutará de la conversación con S. Josemaría y con tantos amigos y fieles del Opus Dei que le han adelantado en esta carrera hacia el Cielo.

 

A los creyentes también nos interpela intelectualmente el hecho de la muerte, pero la fe nos muestra el aspecto luminoso de esa realidad, que no es el vacío ni la ausencia de vida. La muerte es ciertamente un misterio doloroso e inevitable. Pero sobre todo es un encuentro con Jesús, el Salvador, que desea compartir con nosotros la nueva vida que Él nos ha conseguido. En el Evangelio acabamos de leer una petición de Jesús al Padre; un ruego que nos llena de esperanza: Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria (Juan 17, 24-26). Son palabras que Jesús pronuncia en el Cenáculo poco antes de salir hacia el Huerto de los Olivos en dónde dará comienzo un itinerario de traiciones, de sacrilegios y de muerte.

 

¿Veis? Al final, se resuelve el enigma. No lo olvidéis nunca –escribía San Josemaría hablando de la vida eterna-: después de la muerte, os recibirá el Amor (Amigos de Dios, 221). La vida del hombre sobre la tierra es una preparación para esa cita con Dios, preparación que se acentúa en los últimos momentos. Las molestias e incomodidades, los dolores y las fatigas propias de la fase terminal de la enfermedad y de la agonía habrán servido, sin duda, para disponer todavía mejor a D. Ramón para ese encuentro, que Benedicto XVI define como el momento del sumergirse en el océano del amor infinito (Spe Salvi, 12).

         Eso será la muerte para nosotros. Y conviene prepararse de continuo para esa inmersión que nos llevará a la presencia eterna de la Trinidad Santísima. Intuimos que Ramón disfruta ya de un gozo desbordante, de una felicidad sin límites. Ese júbilo proviene de la acción misericordiosa de Dios Padre que ha recompensado su vida entregada. No faltamos a la verdad si aseguramos que la felicidad que ahora posee es fruto de su respuesta abnegada, actualizada día a día con alegría y no pocas veces con heroicidad. En efecto, a lo largo de su vida, Ramón ha tenido que vencerse en innumerables ocasiones.

 

         Nos parece que estaba preparado para la llamada definitiva de Dios. Pidió la Admisión en el Opus Dei en 1949. Tras acabar sus estudios de Ingeniería Química, trabajó un tiempo corto, muy corto, en una conocida fábrica de cervezas. Parte de su primer sueldo lo dio a su madre, que conservó enmarcado un billete de 50 pesos que su hijo le había entregado. Allí, en México, dio sus primeros pasos en el camino de la Obra y forzó con pillería –como él sabía hacer- la colaboración material de la familia en las necesidades económicas de la Obra. Sus padres se comportaron generosamente y ofrecieron, junto con ayuda monetaria, mobiliario y objetos de decoración. Tan es así que, cuando acudieron a visitar la sede en que vivía el primer Vicario de la Obra, éste les recibió afablemente invitándoles a considerarse como en su casa. La respuesta del padre fue que no habría dificultad puesto que los muebles y cuadros que les rodeaban habían salido de su casa.

 

Al poco tiempo, se traslada a Roma para cursar sus estudios de Teología junto al Fundador del Opus Dei. Se ordena sacerdote en 1956 y regresa a México, donde trabaja en las distintas tareas que le encomiendan. A finales de los años 60 vuelve a España: va primero a Bilbao, después a Madrid y, finalmente, es requerido en Valladolid para hacer una sustitución durante el verano de 1981. Como es obvio, esa suplencia se ha prolongado más de 30 años.

 

La actitud de Ramón fue siempre de disponibilidad total para hacer en cada momento lo que se necesitara de él. Su único objetivo era ser útil, ayudar. En el verano de 1956, con ocasión de la ordenación sacerdotal de Ramón y de otros fieles del Opus Dei, S. Josemaría escribió una carta algo más larga de lo habitual. Quería ser como el programa que deberían tener en mente quienes recibieran el sacerdocio en la Obra. El comienzo de esas páginas es bien ilustrativo: os habéis ordenado, hijos míos sacerdotes, para servir. Dejadme que comience con el recuerdo de que vuestra misión sacerdotal es una misión de servicio (Carta 8-VIII-1956, 1).


 En efecto, esa palabra –servir- es un buen resumen de los afanes que han sostenido a Ramón durante su larga vida sacerdotal. Son muchas las personas que recuerdan agradecidas las atenciones que les prestó en un momento u otro. No se medía, siempre estaba disponible. Se aplicó –con el objetivo de no fallar a Dios- las orientaciones del Fundador en esa carta: la pasión dominante de los sacerdotes del Opus Dei es dar doctrina, dirigir almas: predicar y confesar. En esto os tenéis que gastar, sin temor de agotaros (Carta 8-VIII-1956, 35). Siempre quería trabajar. Soy testigo de que, en estos largos meses de enfermedad, más que las molestias y dolores físicos, le incomodaba la obligada inactividad. Por eso, porfiaba para que le mantuviéramos las tareas pastorales, sin buscar un sustituto definitivo. Con qué alegría contaba que había podido dirigir una meditación –fue la última- en la Nochebuena.

 

         Dentro de sus tareas, había una que –sin ir en demérito de las demás- le hacía especial ilusión y en la que puso mucho empeño durante sus años en esta ciudad. El trato con sacerdotes, entre quienes se encontraba muy a gusto. Seguía en esto también el deseo que S. Josemaría expresaba en la Carta repetidamente citada: trabajad con empeño…entre los sacerdotes, llevadles nuestro cariño y la vibración sobrenatural de nuestro espíritu: fe y amor de Dios (Carta 8-VIII-1956, n. 45).

 

         Cuando tenía un encargo, podías tener la seguridad de que aquello saldría adelante. Y esto no es una novedad de los últimos años. Uno de sus parientes cuenta que San Josemaría, hace años, le dijo en una ocasión: Dile a Ramón de mi parte que siga siendo muy fiel y que donde él está, yo estoy seguro.

Es verdad. Era totalmente fiable. Un punto socarrón y bromista, simpático y enormemente cercano y comprensivo. Certifico su capacidad de asombrarse, de disfrutar; le gustaba todo lo bueno, y lo probaba, siempre con moderación. Tenía una aguda inteligencia y una capacidad extraordinaria para hacerse cargo de las necesidades de los demás y salir al paso de sus problemas. Se preocupaba de todos y le interesaba todo.

 

 

 

Nos gusta pensar que Ramón se habrá ganado un cielo grande. De todos modos, estamos obligados a encauzar oraciones por él. Hablábamos antes de ese encuentro con el Amor. Ese es el premio que ahora, al celebrar la Santa Misa como sufragio por su alma, pedimos  para él. Que se haga realidad esa petición de Jesús en el Evangelio: que los que me confiaste estén conmigo.

         Será más eficaz nuestra petición si la hacemos llegar a Dios Padre a través de la Santísima Virgen. En esto, no ya solo Ramón, sino toda la familia Labiaga, tiene méritos bien ganados. Trataré de resumir algunos hechos.

 

En Madrid, durante la República española de los años 30 y ante el temor de que 'La Paloma' corriese la misma suerte que otras iglesias, se retiro el cuadro de la Virgen y en su lugar se colocó una copia. Al estallar la Guerra Civil, Pedro Labiaga, padre de la familia y presidente de la junta parroquial, trasladó el original a su domicilio y allí guardó el cuadro dentro del cabecero de una cama. Sin embargo, en noviembre de 1936, la casa sufrió un duro bombardeo que obligó a esconder mejor el cuadro. Por ello, fue llevado a los sótanos de una farmacia de la Glorieta de San Bernardo, propiedad de unos parientes de la familia. Allí permaneció más de dos años, hasta que finalizada la guerra fue devuelta la pintura.

 

         S, Josemaría encontró en este gesto ciertamente heroico de la familia –se jugaban la vida- un mérito que la Santísima Virgen habría de agradecer de algún modo. La interpretación que ofreció a los Sres. Labiaga fue que, como la Virgen no encontró otra manera, premió a la familia con la vocación de Ramón y de otros hermanos, a los que han seguido sobrinos y sobrinas.

 

         Sin duda, esa historia marcó la devoción mariana de Ramón, que se incrementó hasta límites insospechados en México, cerca de Guadalupe. Soy testigo de la alegría, propia del niño que recibe el más esperado de los juguetes, con que hace dos años recibió la noticia de que podría pasar unas semanas en su México del alma. En especial, lo que más ilusión le hizo fue la posibilidad de acudir de nuevo a rezar en la Villa de Guadalupe, ante la Morenita. A Ella, Puerta del Cielo, Esperanza nuestra, le pedimos que acompañe a Ramón hasta la presencia de la Santísima Trinidad. Así sea.