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Imágenes de vida y santidad

Artículo de D. Ignacio Font Boix, Vicario del Opus Dei en Valladolid, publicado el 3 de abril en El Norte de Castilla con motivo de la Beatificación de Juan Pablo II.

Roma, domingo de Resurrección, 26 de marzo de 2005. En una de las ventanas de los apartamentos pontificios, Juan Pablo II  hace penosos esfuerzos para dirigirse una vez más a la multitud que llena la plaza de San Pedro. El Papa lucha contra sus limitaciones físicas, cada vez más determinantes. La escena resulta conmovedora. A mi lado, un hombre de mediana edad llora como un niño. Nadie diría, por su aspecto recio, que es de lágrima fácil. Pero nadie se extraña. La emoción es general. También yo tengo un nudo en la garganta, que se resiste a desaparecer ante la evidencia: el Santo Padre está enfermo, gravemente enfermo. No se necesita pericia médica para vislumbrar un fin próximo.

    La intuición de que probablemente era la última vez que veía con vida a Juan Pablo II, atrajo a mi memoria, amontonándolos, un sinfín de recuerdos y de consideraciones. Lo había visto, en vivo, unas cuantas veces. Dos de ellas guardaban entonces para mí un sabor especial. Todavía me golpean.

 

 

Madrid, estadio Santiago Bernabéu, 3 de noviembre de 1982. Una marea de jóvenes, en sorprendente unanimidad, desoye las consignas de los organizadores, que recomiendan respetuoso silencio, y explota en aplausos y gritos de entusiasmo para aclamar a Juan Pablo II a su llegada y durante su intervención. Es un Papa ágil, lleno de ímpetu, inconformista, provocador, que lanza continuos desafíos. Los jóvenes parecen acoger los retos y se suscitan propósitos para cambiar el rumbo en la vida. En el viaje de vuelta a Barcelona, donde vivía entonces, uno de aquellos chicos –barcelonista irredento- admitió que era la primera vez que estaba contento de ser vencido en el Bernabéu. Le habían rendido la palabra, el testimonio y la simpatía del Santo Padre.

    Roma, 30 de mayo de 2002, solemnidad del Corpus Christi. El Papa recorre sobre una plataforma rodante la Via Merulana entre las Basílicas de San Juan de Letrán y Santa María la Mayor. Junto a él, bien asegurada, la Custodia con el Santísimo que durante tantos años, en ese mismo trayecto, había trasladado en mano. Las fuerzas físicas le han abandonado. En su rostro se perciben la rigidez y otras señales crueles del Parkinson, pero en sus ojos fijos en la Hostia santa brilla una energía superior: su amor a Dios y a los hombres no ha decaído. Es más, ha ido en progresivo aumento a lo largo de su vida, ofrecida por todos en una entrega sin condiciones. Su corazón enamorado le llevó a asumir hasta el final de su vida una carga pesada con la convicción de que no llevaba a cabo heroicidades de ningún género. Estaba persuadido de lo que había escrito San Josemaría: “¡Qué poco es una vida para ofrecerla a Dios!”.

 

El Concilio Vaticano II nos enseña que una de las razones por las que la Iglesia declara oficialmente la santidad de algunos hombres y mujeres es ofrecer un ejemplo de vida. Juan Pablo II es, sin duda, modelo de conducta. Además, es mucho lo que le debe la Iglesia y toda la humanidad. Por eso, es lógico que los vallisoletanos secundemos la llamada de Mons. Blázquez a vivir intensamente la Beatificación de este santo Pontífice. Y para todos los que formamos parte de nuestra Iglesia diocesana, un buen modo es compartir nuestra alegría en la Eucaristía que oficiará nuestro Arzobispo en la S. I. Catedral el próximo 21 de mayo a las 12.00 horas.