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“La juventud de espíritu en San Josemaría”

Bajo este título, Ana Sastre, doctora en Medicina, impartió una conferencia el 16 de Abril, con motivo de la Exposición que está teniendo lugar en el Convento de Santa Ana de nuestra ciudad, titulada “San Josemaría y Valladolid”. David Frontela, director de El Día de Valladolid presentó a la autora de la biografía “Tiempo de caminar”, sobre Fundador del Opus Dei.

Trascribimos parte de la conferencia:

Pasé parte de mi infancia, mi adolescencia y los primeros años de la Licenciatura de Medicina, en Valladolid. Aunque luego haya trascurrido mi vida fuera de ella, los cimientos están ahí. El Paseo de Zorrilla y sus añosos árboles, la Academia de Caballería, la sombra apacible y verde del Campo Grande, mi Primera Comunión en la ceremonia inaugural del Santuario Nacional de la Gran Promesa, con el corazón de Jesús, inmenso, ante mis ojos…. Por eso me emociona estar aquí con vosotros aunque sea unas breves horas, pero suficientes para que mi pequeña historia cobre de pronto relieve y emoción.  Gracias por vuestra invitación y vuestra presencia.

Conocí al Fundador del Opus Dei y pude hablar con él personalmente en dos o tres ocasiones. Es inolvidable su mirada, -por la parte superior de las gafas-, chispeante, alegre y afectuosa. Y  el dinamismo que irradiaba su persona. Paseaba, hablaba, te hacía reír, con una voz de tono profundo y acento aragonés.

A lo largo del tiempo he tenido la oportunidad de conocer la presencia de la Obra por distintos países del mundo:

-Japón, a donde llegue cargada de una maleta de libros de espiritualidad en inglés.

-Estonia, con un límite de pobreza digna, que resumía la comida del mediodía en un plato de patatas guisadas.

-Alemania, Finlandia, Suiza, Inglaterra, Hungría, Brasil, Argentina, Estados Unidos, etc… Heroísmos sin ruido, por eso sentí una especial emoción cuando estuve  en Roma en el Colegio Romano de Santa María, donde se forman personas jóvenes que van a ir a diversas partes del mundo.

Como decía el Fundador, no hay que perder jamás la juventud del alma, la alegría, la pasión y el esfuerzo para dar a conocer, a través de nuestra vida, la presencia y el amor de Jesucristo.
La juventud es tiempo de caminar, no quiere decir que vaya dirigida exclusivamente a los jóvenes, va destinada a todos aquellos que sienten la oleada de renovar el futuro, de lo que está por hacer.

El Papa Juan Pablo II dijo en la Jornada Mundial de la Juventud del 2002: “Vosotros sois la sal de la tierra…, vosotros sois la luz del mundo” (Mateo 5, 13-14) y, todos queremos ser la reserva de combustible para que esa llama no se apague, y aquí viene muy bien aquella frase de San Josemaría en el punto 493 de Forja:  “Mira si entiendes esta aparente contradicción. Al cumplir los 30 años, escribió aquel hombre en su diario: ya no soy joven. Y superados los 40, volvió a anotar: permaneceré joven hasta que llegue a octogenario: si muero antes, creeré que me he malogrado”.

En el comienzo de mis años de Universidad, allá por los años 50 recogíamos la herencia de la Segunda Guerra Mundial, pero mucho más terrible que el asolamiento material, lo era una gélida pérdida total de la esperanza. Nos llegaba a través de los canales habituales: cine, radio, teatro, literatura, filosofía… Europa acusaba el fracaso de un sistema racionalista con rechazo de valores trascendentes que había imperado durante casi 50 años. Se habían logrado grandes adelantos materiales, sociales, políticos…, pero un buen día, el sistema saltó por los aires: la modernidad ilustrada se agotó y, los restos del naufragio inundaron todas nuestras playas de un escepticismo total, de autocrítica destructiva y pérdida de fe absoluta en Dios y en el hombre. El mundo se encerró en los horizontes de la nada y del absurdo.

-Jean Paul Sastre llega al aeropuerto de Le Bourget, y dice a un grupo de amigos que le esperaban impacientes: “Alegraos, Dios ha muerto”.

-Eugéne Ionesco, en “Las sillas”, describe el desconocimiento y la ignorancia total del otro.

-Albert Camus se aferra al ser frente a la nada. Pero sus anhelos se estrellan frente al misterio del dolor en el mundo.

-En el cine son típicas las películas como “El salario del miedo”, en la que todo esfuerzo es inútil frente a la fatalidad.

Y junto a todo ello emergen pensadores, como aquel magnífico hebreo Martín Buber, que se pregunta a lo largo y ancho de su pensamiento racionalista, ¿Qué es el hombre?, y concluye que el hombre es diálogo. Dialógica entre el “yo-tú”.

En ese espacio de interpelación continua y cotidiana en el que nuestra respuesta construye a los otros y nos hace a nosotros mismos, y también nos sumergimos en ellos, porque, y a pesar de todo éramos una generación llena de vida, con grandes ideas en busca de grandes horizontes.
Ocurría que apenas nos había dejado mirar, ya que todo estaba sembrado de escombros, pero, como escribe Alejandro Llano, la Historia no es un mecanismo triturador imparable y el viento de Dios, nuestra vitalidad y el deseo de un mundo mejor abrieron la etapa a una nueva generación de mujeres y hombres.

Vuelve la imaginación y el mundo de lo imposible; Tolkien escribe “El Señor de los anillos”; C. S. Lewis, por las calles de Oxford: “Los mitos son verdad”. Aparecen movimientos como el ecologismo, pacifismo, feminismo, el hombre vuelve a ocupar el centro, como irrepetible y único, como sujeto de dignidad y libertad. Pero también hacen aparición las guerras, intolerancia, fanatismos extremos, y el injusto reparto de medios y posibilidades.

 

Apasionante, hay que lograr que los nuevos valores den el salto hacía arriba, que la solidaridad sea de verdad fraternidad; que las manos unidas sean una cadena humana que vuelva a descubrir la Comunión de los Santos de Pablo de Tarso; que nuestra marcha por los avatares diarios se convierta frente al desgaste, el egoísmo o la desidia.

Por todo ello, al entrar en el nuevo milenio, vuelve a causar asombro acercarse al espíritu que Dios quiso traducir a un hombre el 2 de octubre de 1928, para que iniciara la gran aventura de Cristo en medio de todas las tareas y acontecimientos del mundo.

-El Papa Pablo VI dijo de San Josemaría: que el Opus Dei nacía en nuestro tiempo como la expresión de la perenne juventud de la Iglesia.

-Franceso Rutelli, líder del movimiento “El Olivo”, decía: El Opus Dei es una realidad que tiene una gran vitalidad y juventud.

-Giovanni Trapattoni, entrenador de la selección italiana de fútbol, destacaba de San Josemaría que: ha enseñado a muchos deportistas que sus esfuerzos en los entrenamientos y competiciones, la convivencia con sus compañeros, la estima por sus adversario, la humildad en las victorias y la serenidad en las derrotas, son un camino concreto para llegar a Dios y servir a todos los hombres.

El Papa Juan Pablo II, en su Carta a los Artistas, escribía: “a cada hombre se le confía la tarea de ser artífice de su propia vida; y en cierto modo debe de hacer de ella una obra de arte, una obra maestra… toda forma auténtica de arte es a su modo, una vía de acceso a la realidad del hombre y del mundo, por eso hay que decir una vez mas a todos los que son y se sienten jóvenes: sed comunicadores, apóstoles de la belleza y la verdad”.

Y en su Carta a los Jóvenes, seguía diciendo Juan Pablo II: “deseo confiar a todos vosotros, jóvenes destinatarios de la presente carta, este trabajo maravilloso que se une al descubrimiento ante Dios de la respectiva vocación de vida. El proyecto de vida puede desarrollarse entre dos, hombre y mujer, con la invasión creadora del amor, pero no olvidéis que nadie es objeto de nuestro amor, no se puede vivir de lo que se ama, hay que vivir para lo que se ama: perderse en los amado con un alarde de generosidad”.

San Josemaría, repetía: “poned a Cristo en la cumbre de las actividades humanas y corred vuestra aventura con la mirada puesta en un horizonte que lleva a la eternidad”.

Para ello tenéis que elegir el camino de la verdad, sin miedo ni retroceso. Ir a “vuestro mejor tú”, que diría el poeta Pedro Salinas; esto exige pensar, ser sincero, definirse, y aquí entramos de la renuncia, de elegir con verdad y con valor.

Kiedkergaard escribió: “¿dices que buscar la verdad y todavía no te has encontrado con Dios?”, y  Ghandi en “Mis experiencias con la verdad”, añadía: aún no encontré a Dios, pero lo estoy buscando y estoy sacrificando las cosas que me son más queridas, a fin de proseguir esta búsqueda, incluso si el sacrificio fuera mi propia vida, creo estar preparado para darla.

Todo este anhelo humano será cita de pronto, por decisión de Dios, en un momento histórico, y en una persona llamada a ser portavoz de lo sobrenatural en medio de las estructuras temporales.

Uno de esos momentos que nosotros reconocemos como el 2 de octubre de 1928, recayó en San Josemaría, que dedicó su vida y sus energías a sembrar por todos los caminos del mundo este hambre de encuentro con Dios.

D. Pedro Casciaro, en sus veranos jóvenes de Alicante, tras haber puesto su vida en manos de Dios, escribe: “Mirando al mar, me di cuenta de que al darlo todo, mi corazón se había quedado sin límites y, con él, me pertenecía la tierra entera…”.

En la homilía de “Amar al mundo apasionadamente”,  dejó escrito San Josemaría: “No es en el horizonte donde se junta el cielo y la tierra, es en vuestros corazones, siempre jóvenes cuando vivís santamente la vida ordinaria”.