Los defectos no deben empañar el amor

Lolita y Pedro ha celebrado recientemente sus bodas de oro. “Hay que procurar que el amor renazca cada día. Nosotros seguimos tan enamorados como al principio. Con virtudes y defectos. Los defectos están ahí y no podemos dejar que empañen el amor”, comenta Lolita con gran naturalidad.

Unas bodas de oro son, ante todo, ocasión para dar gracias a Dios. Pedro y Lolita han celebrado recientemente tan gozoso acontecimiento. Ambos son supernumerarios del Opus Dei y viven en Viana de Cega, una población cercana a Valladolid. Pedro nos espera amablemente a la puerta de su casa, en una apacible tarde de septiembre. Llama a su mujer y conversamos tranquilamente en el jardín. Lolita tiene un aspecto estupendo a pesar de la enfermedad que la obliga a caminar con muleta.


-Imagino que recordáis como si fuera ayer el día en que os conocisteis.

P.: Fue en marzo del 61. Yo era de Acción Católica y habían intentado casarme varias veces, pero a mí no me gustaba ninguna (sonríe). Y le dije al Señor: “mira, si me quieres casado, ponme a mano a la que ha de ser mi mujer”. Un día vino Lolita, que también era de AC, a dar unas charlas. Pensé: da gusto oírla. Tuve oportunidad de abordarla, pero aquella vez la dejé pasar.

L.: Yo no le vi…

P.: Sin embargo, no me la quitaba de la cabeza. Creo que el Señor me decía: “¿a qué esperas?”. Y decidí escribirle una carta.

L.: Recibí una carta de Viana y pensé: “El párroco. Algo no hemos hecho bien”. Y, en cambio, me encontré con una carta de amor. Me di importancia: no podía acceder a empezar una relación, estaba muy ocupada, etc.  Pero por fin nos citamos un día, recuerdo por cierto que yo tenía apendicitis. Entramos en la antigua iglesia de los Capuchos [donde hoy se ubica Santa María de la Paz, en la Plaza de España de Valladolid] y luego fuimos a dar un paseo. Ese fue el comienzo (Sonríe). Recuerdo que Pedro me dijo lo que ganaba…

-¿Conocíais ya a alguien del Opus Dei o entrasteis en contacto más tarde?

L.: En el 79. Empecé a colaborar en el club Trechel con catequesis y clases de cocina. Fue Godofredo Garabito (miembro de la Obra, ya fallecido), a quien yo conocía, quien puso en contacto a Pedro: “dile que tal día empieza un curso de retiro”.

P.: Me resistí. Yo pensaba, como muchos, que el Opus Dei era para ricos y para intelectuales. Pero ella me dijo: “Ve. Si no te gusta, no te vuelvo a decir nada”.

L.: Volvió entusiasmado.

P.: Suelo decir que de aquel curso de retiro pedimos la admisión en la Obra el 20%: éramos cinco. Luego empecé a charlar con don Rafael, un sacerdote de la Obra, que me dijo que tenía que empezar a hacer ciertas prácticas de piedad: rosario, visita al Santísimo… Y resultaba que las hacía prácticamente todas.

-El núcleo de las enseñanzas del Opus Dei es la santificación del trabajo. ¿Cómo ha influido esta doctrina en vuestras ocupaciones ordinarias?

L.: Pues ha hecho que nadie nos sea indiferente: parientes, amigos, colegas… Tratamos de llevarlos a Dios, a que descubran los planes que el Señor tiene para ellos. Recuerdo a personas que me han dado las gracias al salir del confesonario. Eso es muy gratificante.

P.: Y nos ha enseñado a ofrecerle todo a Dios: ocupaciones, penas, alegrías. En una ocasión Lolita me dijo: Pero tú ¿qué eres, numerario o supernumerario? Porque empecé a dar charlas a amigos míos… (es una broma, claro; de sobra saben ellos que el dar charlas no es oficio sólo de numerarios…)


-Alguna vez organizasteis aquí en Viana algún medio de formación, ¿verdad?

L.: Sí, con personas del pueblo. Eran charlas sobre temas de actualidad, que impartía algún miembro de la Obra.

P.: Y el club juvenil…

L.: Ah, sí. Era un club para las chicas, en el que entre otras cosas una vez a la semana se daba catequesis y clases de cocina.

P.: Un día me encontré, paseando, con un amigo que había asistido a alguna charlita en su momento y luego nos perdimos de vista. Tomamos café y me dijo: “Tengo mucho que agradecerte, por lo que respecta a mi formación”. Había ido alguna vez, por su cuenta,  a Torreciudad, de lo que habíamos hablado con frecuencia…

-Por ahí dicen que el amor es algo con fecha de caducidad y que luego la convivencia se mantiene por hipocresía o por inercia. ¿Es así?

L.: El amor… hay que procurar que renazca cada día. Nosotros seguimos tan enamorados como al principio. Con virtudes y defectos, como les recordaba el otro día a todos cuando me pidieron las clásicas palabras a los postres. Los defectos están ahí y no podemos dejar que empañen el amor.

P.: Y además nosotros nos encontramos cada día más guapos, si cabe.

-Una pregunta muy de entrevista: ¿Los mejores y los peores momentos de vuestro matrimonio?

L.: Ha habido pruebas, sin duda. Por ejemplo, cuando la fábrica en que trabajaba Pedro tuvo que cerrar. Yo le dije: no te preocupes: tenemos patatas, hay carbón. Yo creo que él sintió mi apoyo, así como yo he sentido el suyo en mis muchas enfermedades, cuando tuvo que ocuparse de los tres hijos en casa…


-Los hijos, que, imagino, compensaron con creces cualquier mal rato.

L.: Y además se da la circunstancia (y esta fue otra de las pruebas) de que me dijeron tras una operación que no podría tener hijos.  Pedro lo aceptó muy bien; si no podíamos tener hijos los adoptaríamos… Pero se equivocaron: a los diez meses vino el primero, y luego los otros, sin problemas, gracias a Dios.

-Creo que alguna vez tuvisteis la suerte de ser recibidos por don Álvaro,  sucesor de san Josemaría.

P.: Fue con ocasión de las bodas de plata, en 1987. Habíamos prometido ir a Roma (y eso que yo soy enemigo de los aviones). Don Álvaro nos recibió cordialmente. Al principio no nos encontramos. Empezamos a guardar antesala en Villa Tevere, pacientemente, cuando alguien nos dijo: “El Padre os está esperando en la sede de la sección de mujeres”.

L.: Era un padrazo. No me dejó arrodillarme para besarle el anillo. Era un hombre muy sencillo. Y un santo, claro. Nos hemos alegrado mucho de su declaración como Venerable.


-¿Qué podéis decir a las personas “mayores” que piensan que ya no sirven para nada, que son un lastre en la vida de los demás…?

L.: Huy, para nada… Podemos ayudar mucho, por el mero hecho de que no hemos perdido la capacidad de querer. Un cristiano es una persona entregada, y eso no cambia cuando uno se hace “mayor”. Nuestros nietos nos quieren como somos, y además nos lo han dicho.

P.: Y además, siempre podemos sonreír. Y ojo, que yo me considero joven, ¿eh? El espíritu se sobrepone siempre a los achaques.

-Seguro que rezáis mucho por los hijos y por los nietos. ¿Cómo se les puede ayudar para que entren por caminos de vida cristiana? Especialmente en lo que respecta a la vida conyugal, hoy que tan devaluado se halla el matrimonio…

P.: En esto como en todo el ejemplo es esencial. Por muy mal que hayan encaminado su vida, siempre tendrán presente lo que vieron en sus padres, en sus abuelos.

L.: Y ellos cuentan con que seamos fieles. Alguna vez nos dicen: “Qué, os vais a Misa, ¿no?” Creo que les decepcionaríamos si no lo hiciéramos. Lo que aprendieron de pequeños, oraciones, bendición de la mesa… no se les olvida.

Podríamos seguir conversando aún largo rato. El clima invita y Pedro y Loli tendrían muchas más cosas que contarnos. Nos despedimos y Pedro, buen hortelano, nos regala algunos de sus productos. Ha sido una tarde bien aprovechada. Es cierto lo que ellos dicen: la fidelidad y el amor edifican, más que muchas charlas.