Sonia posa junto a las guacamayas, aves típicas de estos lugares

Sonia Vicario y su proyecto “Guacamayas sobre Caracas”

Sonia Vicario es numeraria del Opus Dei. En el año 2018 le propusieron colaborar en un voluntariado en Venezuela, y no se lo pensó dos veces, sino que, como ella nos cuenta, “me sumé a esta aventura; entre los muchos motivos para hacerlo, el que primero que se me vino a la cabeza fue: ahora tienes la oportunidad de hacer algo más que escandalizarte ante una injusticia”.

AHORA TIENES LA OPORTUNIDAD DE HACER ALGO MÁS QUE ESCANDALIZARTE ANTE LAS INJUSTICIAS

Sonia apenas tenía información de la situación real de Venezuela y no le unía nada especial con ese país, pero le bastó saber que allí se estaba viviendo una situación de sufrimiento de gran parte de la población para decidirse a aportar su granito de arena y ayudar en lo que pudiera.

Entre marzo y agosto de 2018 estuvo preparando su primer viaje. Se puso en contacto con las personas responsables del proyecto en Venezuela -unas mujeres de Caracas de distintos ámbitos profesionales y con gran preocupación por sacar su país adelante y ayudar a los demás-.

sonia vicario

Sonia con profesionales venezolanas

Su primera sorpresa fue cuando les preguntó: ¿necesitáis que lleve algo, aprovechando que la compañía aérea me deja llevar tres maletas? La respuesta fue inmediata: sí, cepillos, pasta de dientes, champú, jabón, cualquier cosa que sirva para limpiar, medicamentos, alimentos no perecederos… ¡todo nos viene bien!

Le llamó la atención porque le costaba entender que en un país desarrollado y tratando con profesionales cualificadas con trabajos remunerados, sus necesidades fueran tan básicas.

En su ingenuidad continúa contándonos, “interpreté que todo eso sería para las personas atendidas en los distintos proyectos sociales en zonas desfavorecidas y cargué las maletas con todo lo que pude conseguir”.

Llegó la fecha prevista para el viaje y embarcó en Madrid rumbo a Caracas. No le fue difícil conseguir billete: apenas llenaban la mitad del avión y nos dice “nadie de los que íbamos tenía aspecto de turista; la mayoría eran personas mayores que regresaban a su país después de haber estado unos meses con sus hijos que habían emigrado a Europa y se les notaba el dolor de la separación”.

sonia vicario

Ana María, Rosirys y al fondo Mariví en Barquisemo reparten los medicamentos que les llegaron en abril de 2021

Casi sin darse cuenta, estaba en la pista de aterrizaje del aeropuerto de La Guaira junto al Mar Caribe. El contraste inicial entre la belleza de ese mar a su izquierda, y a la derecha las deficiencias materiales que empezó a percibir en las instalaciones del aeropuerto, le supusieron un primer impacto. En lugar de carros para las maletas, se encontró rodeada por varios porteadores con plataformas de madera con ruedas que se ofrecían a ayudarla con el equipaje con tal de que les diera algo para comer; al salir de la terminal hacia el coche que le esperaba, unos cuantos chiquillos se acercaron a pedirles comida: sólo pudo darle a uno de ellos un dulce que recogió de la comida del avión y no se le olvidará su cara de felicidad. “¡Hubiera deseado tener a mi disposición un supermercado entero!” -afirma-.

Las tres semanas que pasó en Caracas en esa ocasión fueron un continuo aprendizaje para ella y nos dice: “Recibí muchísimo más de lo que les pude aportar”.

Trató con gente muy variada y en todos encontró una disposición clara a ayudar a los demás y afrontar dificultades con una sonrisa; nadie le mostró una actitud de odio ni de revancha hacia los responsables de la situación, cosa que le llamó la atención.

sonia vicario

En abril del 2019 Sonia con un grupo de alumnas de un instituto de Hostelería

Nos cuenta varias anécdotas de la generosidad de la gente venezolana. “Recuerdo a una señora mayor que tenía un árbol de mangos muy alto en su jardín, y salía cada mañana pronto para ver si había caído alguno porque un niño del barrio se acercaba a su portón cada día, y así podía darles algo para comer a esa familia. También me emocionó el caso de una peluquera que había tenido que cerrar su negocio y que tiene un hijo con ELA; no conseguía medicinas en ninguna parte, pero una amiga suya con hermanos fuera del país hizo que éstos se comprometieran a conseguir los medicamentos -eran caros y difíciles de conseguir sin receta médica- y enviárselos; cuando fue a entregárselos la peluquera se lo agradeció con lo único que podía: un buen corte de pelo, y la amiga se consideró fantásticamente pagada. Otra de las profesionales con las que trabajé me conto un día con total naturalidad que había ido hasta una zona lejana de la ciudad para encontrar un zapatero que pudiera arreglarle sus zapatos, y como pago solo pudo darle un poco de comida, porque no hay moneda circulante en el país. Podría seguir contando un montón de ejemplos de generosidad individual y de ingenio para solucionar las constantes carencias básicas”.

Hasta ahora, Sonia ha hecho tres viajes y ha estado en Caracas, Maracaibo y Valencia. En las tres ciudades ha trabajado con personas que se dejan la vida para ayudar a otras personas: proyectos de ayuda a los indígenas de la etnia Wayuu en el Estado Zulia; una asociación que ha creado una red de centros de consultas de familia y salud: con sus tres centros en barrios marginales, atienden a más de 10.000 familias; unas universitarias que, con sus pocos recursos y muchas ganas de trabajar, consiguen dar de comer a los alumnos de la escuela primaria de un barrio; profesionales y estudiantes que emplean sus vacaciones y sus escasos recursos en organizar y atender campamentos para niños en Barinas -una zona del interior de Venezuela que sobrevive con la agricultura familiar-…, y un buen grupo de mujeres en cada una de esas ciudades que -desde una perspectiva cristiana- dedican todo su tiempo disponible a impulsar el buen hacer diario y la esperanza de un montón de personas, convencidas de que todo lo que están sufriendo tiene un sentido, aunque ahora no vean claro el horizonte. Al regresar de cada viaje se quedaba con una sensación agridulce: la alegría de haber conocido gente fantástica y la pena de no poder ayudarles más.

sonia vicario

Sonia y Belén en la sede de Arlanza de Burgos

En todos esos viajes, Sonia ha comprobado que lo que más hace sufrir a los venezolanos no son las carencias materiales -aunque son muchas y provocan cansancio vital-, sino la falta de libertad. Las ciudades están desiertas porque la inseguridad ciudadana es demasiado alta como para arriesgarse a salir a la calle. Los niños permanecen en sus casas sin poder jugar en los parques -que siempre están vacíos y muy descuidados-.

EN TODOS ESOS VIAJES, SONIA HA COMPROBADO QUE LO QUE MÁS HACE SUFRIR A LOS VENEZOLANOS NO SON LAS CARENCIAS MATERIALES, SINO LA FALTA DE LIBERTAD

Muchas personas han perdido el trabajo porque las distancias son muy grandes y los trasportes públicos no funcionan. Sólo se arriesga a salir a la calle quien tiene coche… pero la falta de gasolina y de recambios para los vehículos hace que sólo unos pocos puedan circular.

Todo esto es fácil comentarlo, nos dice, “pero vivirlo en el día a día es costoso: en mi caso, puedo decir que de los setenta días que he pasado en el país sólo he salido a la calle andando dos veces, por necesidad imperiosa, y para recorrer una distancia de 150 metros (una manzana) tuve que dejar en casa cualquier cosa que fuera de valor o lo pareciera”.

En medio de este entorno, cada día sobrevuelan Caracas unas aves grandes y de intensos colores que se llaman guacamayas. Cada tarde, cuando las veía pasar sobre la terraza de mi edificio, pensaba que eran los únicos seres vivos con libertad en ese país.

CADA DÍA SOBREVUELAN SOBRE CARACAS UNAS AVES GRANDES LLAMADAS GUACAMAYAS. CADA TARDE CUANDO LAS VEÍA PASAR PENSABA QUE ERAN LOS ÚNICOS SERES VIVOS CON LIBERTAD EN ESTE PAÍS

Por eso, cuando al volver a España se planteó movilizar a las personas de su alrededor para sacarles un poco de su mundo y hacerles ver que hay gente que nos necesita, llamó a su iniciativa “Guacamayas sobre Caracas”, soñando con que lo que se les pudiera ayudar fuera para ellos como un regalo dejado caer sobre la ciudad por las guacamayas.

sonia vicario

Sonia en el centro junto con un grupo de estudiantes de la etnia wayuu vestidas con su traje tradicional

Desde agosto de 2018 y con la colaboración de muchas personas -familia, amigos, gente conocida por el trabajo, personas desconocidas que han sabido del proyecto y han querido colaborar-, están enviando ayuda material básica a toda esta gente que conoció.

En el curso 2020 la Asociación Cultural Arlanza de Burgos (www.arlanza.net) ha colaborado también y ha querido hacer suyo este proyecto, pudiendo llegar a más gente. Bastantes chicas y señoras han colaborado voluntariamente para recolectar material, prepararlo para que no se estropee en el trayecto en barco, llenar las cajas pensando en lo que necesita cada destinatario, conseguir donativos para pagar los portes… Cada quien ayuda con lo que puede y entre todos ya han enviado a Venezuela más de 3.000 kilos de alimentos, medicinas, ropa, productos básicos de higiene… y sobre todo, el cariño y la compañía, porque queremos –dice Sonia- “que noten que no están solos, que nos importan y que a este lado del Atlántico tienen a gente que les quiere ayudar”.

EN EL CURSO 2020 ENTRE TODOS HAN ENVIADO MÁS DE 3.OOO KILOS DE ALIMENTOS, MEDICINAS, PRODUCTOS BÁSICOS DE HIGIENE Y ALIMENOS NO PEREDECEDEROS

Por último, Sonia nos dice que “en ocasiones, no es fácil mantener vivo este proyecto: a veces, la que me canso soy yo, o faltan brazos para ayudar; otras veces, las circunstancias impiden que podamos dedicar el tiempo que hace falta para gestionarlo; casi siempre, nos sobra material, pero nos falta dinero para enviarlo. Sin embargo, pensar en aquellas personas generosas y fuertes que están esperando esas cajas para repartirlas entre tantas familias necesitadas, me ayuda a superar el cúmulo de pequeños impedimentos que intentan frenar mi empuje”.