“¡El mejor regalo de mi vida!”

Entrevistamos a Teresa Valentín, Supernumeraria del Opus Dei. Tiene cinco hijos, y la mayor -Rebeca- es monja carmelita desde el año 1996

Aprendí de los escritos de San Josemaría a amar todas las vocaciones que Dios suscita en la Iglesia, entre ellas la vocación religiosa. Me viene a la memoria su punto de Forja 1003, donde se ve esa veneración y cariño por los religiosos. “Asegura Santa Teresa que “quien no hace oración no necesita demonio que le tiente; en tanto que, quien tiene tan sólo un cuarto de hora al día, necesariamente se salva”…porque el diálogo con el Señor –amable aun en los tiempos de aspereza o sequedad del alma –nos descubre el auténtico relieve y la justa dimensión de la vida. Sé alma de oración”.

Rebeca con madre

Rebeca con su madre

¿Cuál fue tu primer contacto con el Opus Dei?

Fue en la Clínica Universitaria de Pamplona en el año 1981. Llevamos precisamente a mi hija Rebeca, que entonces tenía tres años, para que le hicieran una operación de cadera. En esta Clínica fue donde conocí más de cerca el espíritu del Opus Dei.

¿Qué aspecto del espíritu del Opus Dei te llamó más la atención?

Que podía llegar a ser santa a través de mi vida ordinaria, como esposa, madre y ama de casa; es decir, a través de las realidades cotidianas que a todos nos toca vivir.

¿Cómo notaste esa llamada?

Al comenzar a  hacer oración personal con Dios, ese irle conociendo más y mejor. Y cada vez que iba a Misa y recibía la Comunión, notaba unas “ganas e inquietud”,  de estar más cerca de Él,  que a la vez  me hacía más feliz, y que me ayudaba a ver los sucesos que me sucedían con mayor sentido sobrenatural. Algo que yo no nunca había imaginado.

¿Cómo has inculcado el espíritu cristiano en tu familia?

Primero, procurando luchar por vivirlo mejor personalmente, y luego que me vieran ser coherente con mi conducta de persona cristiana, es decir, manifestándola con naturalidad en la vida familiar.

A tus hijos, ¿les has llevado a las Asociaciones Juveniles?

Sí, a todos los he animado a ir, y los que han querido han podido participar en sus actividades formativas, culturales, artísticas o deportivas. Mi hija Rebeca iba por una Asociación Juvenil, y  fue allí donde empezó a sentir esa llamada de Dios. Para mí, estas Asociaciones me han supuesto una ayuda importante en la formación de los hijos, sobre todo en la etapa de la adolescencia, que es donde los padres estamos más preocupados.

¿A qué edad descubrió tu hija su vocación religiosa?

A  los diecisiete  años, aunque entró en el convento cumplidos los dieciocho  años, con la mayoría de edad. Desde hacía tiempo nos decía que quería ser misionera como alguna profesora que tuvo en el colegio donde estudiaba.

¿Cuál fue vuestra reacción?

A mi marido le costó más aceptarlo;  a mí  menos, ya que la veía hacer oración y aunque era una persona muy normal, salía con su pandilla de amigas y amigos, iba a discoteca, etc.,  yo notaba que “Dios le tiraba más”.

Rebeca con su abuela, su madre, sus tías y sobrino

Rebeca con su abuela, su madre, sus tías y sobrino

¿Le diste algún consejo cuando se fue al convento?

Sabía que mi hija Rebeca tenía dirección espiritual con un sacerdote del Opus Dei, por eso yo estaba muy tranquila. Ella me contó cuando tenía decidida la fecha para entrar en el convento, que este sacerdote le dio dos consejos: que fuera siempre muy sincera, y que quisiera -sin excepción-,  a todas las personas de la Comunidad de religiosas, a la que libremente había decidido entrar.  A mí me parecieron consejos muy oportunos y sabios, los mismos que yo le hubiera dado.

¿Su vocación ha tenido repercusión en el resto de la familia: abuelos, tíos, primos…?

Más de la yo hubiera imaginado!. Cuando hizo la profesión de sus votos temporales, le pregunté qué regalo quería que le hiciéramos la familia. Me dijo que como no podía recibir regalos materiales, quería uno “muy, muy especial”: que nos confesáramos todos para asistir a esta ceremonia y poder recibir todos juntos a Jesús Sacramentado en la Eucaristía”. ¡Menudo regalo pensé!….y busqué a un sacerdote amigo de la familia, para que me ayudará a decírselo a todos: marido, hijos, hermanos, sobrinos y a mis padres,  también se lo dije a sus mejores amigas. Al final, después de rezarlo mucho, ocurrió “el milagro”: se confesaron. Desde entonces, bastantes de ellos frecuentan de modo habitual el Sacramento de la Confesión, y me dicen que ahora son más felices que antes al vivir cerca de Dios. Por eso muchas veces pienso que “el regalo” ha sido para todos nosotros.

Lleva ya dieciocho años en el convento de carmelitas, ¿la ves cada día más feliz?

Sí, y mucho más madura y segura en su vocación, que eso es lo que deseamos todos los padres. Mis hijos la van a ver con frecuencia y le llevan a sus amigos, para que les hable de Dios, les resuelvan sus dudas de fe…. De hecho, mi hija Rebeca se ha convertido para todos ellos en “un referente espiritual y moral”.

¿En qué momentos del año podéis visitarla?

Una vez al mes, excepto en los tiempos de  Adviento y Cuaresma. Ese día que vamos a verla, se convierte en “una gran fiesta de familia”.

San Josemaría amaba mucho a los religiosos y religiosas, especialmente a las almas contemplativas. ¿Son cooperadoras del Opus Dei?

Sí, y rezan cada día por las personas que formamos parte de la Obra. Conservan con gran cariño las cartas que les ha escrito el beato Álvaro del Portillo, cuando era el Prelado del Opus Dei.

¿Cómo vuelves a tu casa después de cada visita al convento?

Pues con las “pilas cargadas”, y con más ganas de hablar de Dios a la gente que me rodea.