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Viviendo con un ángel en la tierra

“Me siento una madre afortunada, y todos nos sentimos una familia afortunada. He de reconocer que, desde que ha nacido Íñigo, me siento más cerca de Dios, viviendo con un ángel en la tierra”.

Me llamo Isabel Merino, soy supernumeraria del Opus Dei desde hace 25 años, estoy casada y soy madre de cuatro hijos.

El 13 de abril del 2008 nació nuestro hijo pequeño Íñigo. Fue un embarazo complicado, llevado en una unidad de alto riesgo. En una de las ecografías llevadas a cabo  detectaron que nuestro hijo venía con una cardiopatía severa. Éramos conscientes de que tenía un 50% de posibilidades de nacer normal y  un 50% de nacer con algún síndrome.

Durante el resto del embarazo tuve muy presente a San Josemaría cuando decía: “Si vienen contradicciones, está seguro de que son una prueba del amor de Padre, que el Señor te tiene” (Forja 815).

Más que Él, Dios, nadie,  -ni siquiera yo siendo su madre-, iba a querer lo mejor para nuestro hijo.

A las pocas horas de nacer nos dieron la noticia que días después se confirmaría con un estudio cromosómico: ¡nuestro hijo había nacido con síndrome de Down!

Tanta oración, tanta súplica, tanto pedir al Señor por la salud de nuestro hijo… ¿había servido para algo?.  La respuesta, tal como he aprendido en el Opus Dei, está en el abandono, en fiarse de Dios, en amar su Voluntad. ¡Tanta oración nos ayudó a aceptar con alegría la llegada de un hijo especial! ¡Tanta súplica fue escuchada e Íñigo superó, con cinco meses, una operación de corazón a vida o muerte! Dios escuchó nuestra petición, y hoy nuestro hijo tiene tres años y colma de felicidad a quien tenemos la dicha de compartir el día a día con él.

Mi vocación me ha ayudado a entender lo que decía San Josemaría: “La aceptación rendida de la Voluntad de Dios trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la Cruz. -Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y que su carga no es pesada” (Camino 758).

Cada día estoy más convencida de que Dios nos lleva de la mano, y, si nos fiamos de Él, nunca nos defrauda. Me siento una madre afortunada, y todos nos sentimos una familia afortunada. He de reconocer que, desde que ha nacido Íñigo, me siento más cerca de Dios, viviendo con un ángel en la tierra.