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X Aniversario de la canonización de San Josemaría

El día 6 de Octubre de este año 2012 se celebra el 10º aniversario de la canonización del Fundador del Opus Dei. Dos vallisoletanas nos relatan sus recuerdos de esos intensos días que vivieron en Roma en los que notaron la universalidad del Opus Dei y una especial presencia de San Josemaría.

Mª Dolores Cuadrado

El 6 de Octubre de 2012 se cumplen 10 años de la Canonización de san Josemaría Escrivá de Balaguer. Tuve la inmensa suerte de estar ese día en Roma.

 

Fue un viaje relámpago de ida y vuelta. Salimos del aeropuerto de Villanubla en una noche cerrada y vimos amanecer en el avión: era como un presagio del amanecer que en nuestras vidas se iba a dar, al presenciar cómo en la Iglesia Católica iba “a brillar” un nuevo santo, para nosotros tan cercano.El avión llegó con retraso, y cuando llegamos a la plaza de San Pedro las entradas de acceso estaban cerradas. Puedo decir que, en ningún momento, dudé  que podría entrar al recinto. Mi marido enfermo se sacrificó para que yo acudiera a este evento, y mis hijos me relevaron para cuidar a su padre. ¿Cómo siendo san Josemaría tan comprensivo y tan agradecido, no me lo iba a solucionar? Y así fue.

 

A mi lado en la plaza de San Pedro había un matrimonio muy emocionado. Les pregunté de dónde provenían y la respuesta fue que del Líbano; estaban con los ojos “vidriosos” y las lágrimas contenidas. Eran momentos de zozobra en su nación y me dijeron: “esto es la paz”.

Mientras proclamaban solemnemente su Canonización, rememoré el encuentro que mi marido y yo tuvimos con san Josemaría en Roma, el 26 de marzo de 1968. Siempre había pensado que esa visita era una cosa privada,  pero desde que la Iglesia le incluye en el número de sus santos, “ya era patrimonio de toda la Iglesia”. Lo privado es lo que corresponde a mi vida, y eso nos atañía a mi marido y a mí; pero las lecciones que nos  dio sobre tres temas, ya no son mías y por eso quiero hacerlas públicas a todo el mundo.

 

La 1º fue un canto de amor a la Eucaristía, pues le dolía en el alma el poco cuidado con que trataban al Señor en algunos lugares. Al decirnos esto, sus ojos unos minutos antes tan alegres, cambiaron a una tristeza profunda. El consejo que nos dio era que nosotros deberíamos “mimar” a Jesús que se queda oculto en el Sagrario.

La 2º fue un canto del buen sacerdote. ¿Quién me iba a decir a mí en aquel momento que, cuando mi marido se fuera al cielo, iba a dedicarme a la obtención de medios económicos para la formación y sostenimiento de los sacerdotes? Encontré una Fundación que colmaba todos mis deseos, su nombre es CARF –Centro Académico Romano Fundación- (www.carfundacion.org)

 
Y la 3º fue un canto al amor humano: que nos quisiéramos más cada día. En el año 1968, yo estaba esperando a mi tercera  hija. Luego tuvimos dos más, y en este momento, tengo 18 nietos.

No son sus palabras textuales, pero nos animó a que nunca la soberbia -que era como esas moscas que vienen una y otra vez a posarse en el hombro-  nos separara lo más mínimo; que cuando yo creyera que tenía razón, cediera; y, al revés, cuando Mariano se considerara en posesión de sus razones, hiciera lo mismo.

No puedo ni quiero alargarme, pero soy castellana y agradecida. Se que nuestro Padre, que así le llamamos sus hijos, no necesita mi agradecimiento,  pero yo sí que necesito dárselo. Gracias Padre por tu fidelidad que es en dónde se sostiene la mía. Gracias por habernos enseñado a valorar una palabra que estaba y está en desuso: “servir”. Gracias por habernos llevado por este “camino andador”.

No me engaño, hay mucho camino que recorrer, pero la senda está hecha, a mí sólo me queda recorrerla.

Henar Gutiérrez

Los recuerdos que del año 2002 afluyen a mi memoria comienzan aquel día 9 de enero en que celebrábamos el centenario del nacimiento de nuestro Padre, como familiarmente le llamamos todos y como me gusta referirme a San Josemaría. Se celebraba una Misa en la catedral de Valladolid. El gentío fue impresionante, y no me resulta fácil describir la emoción que ante este hecho experimenté: era la primera vez que veía una fotografía suya tan expresiva ante miles de personas de Valladolid. No recuerdo si en aquel momento ya conocía la noticia de que ese mismo año iba a ser declarado santo pero, en cualquier caso, tenía ya la certeza de que así sería.

 

Poco después, nuestra ciudad acogió una exposición itinerante sobre “La vida y obra de san Josemaría”. El día de la inauguración me propusieron atender a la prensa local. Me entrevistaron en el periódico “La Razón”. Contesté de la manera más sincera que pude, tratando de hacer ver a mi interlocutor que estábamos hablando de un santo. Respondí por qué y cómo iba a hacer mi peregrinación a Roma. Al final de la entrevista cuando me preguntaron “quién” era para mí san Josemaría, dije “que no era sólo el fundador del Opus Dei, sino verdaderamente mi padre, con el que alguna vez ¡hasta me enfado”!.  ¡Y la prensa no defraudó!

 

Cuando llegó la fecha de la canonización cogí uno de los aviones que se habían organizado desde Madrid la madrugada de aquel 6 de octubre. Cuando aparecí en el aeropuerto de Barajas, a las 2 de la madrugada, ¡aquello era una auténtica fiesta! El aeropuerto estaba abarrotado de gente. Las autoridades aeroportuarias dispusieron que se nos sirvieran bebidas calientes, que fueron acogidas con un sonoro aplauso de agradecimiento. Allí, entre aquel gentío me encontré con la primera compañera que me invitó a hacer un curso de retiro. ¡Cómo se notaba que san Josemaría estaba presente!

 

Por fin, a las 9 de la mañana, estábamos en Roma junto al Castel Sant’Angelo; muy lejos del altar de la ceremonia, pero tan metidos en ella que el clima de recogimiento era idéntico al que puede haber en un templo. Aún ahora me emociono al recordarlo.

Al día siguiente, la Misa de Acción de Gracias fue otro regalo del cielo. Comencé a tomar contacto con los que tenía a mí alrededor. De Guatemala me contaron cómo habían hipotecado sus “finquitas” para poder ir a la Canonización: lo contaban con tanta alegría que su generosidad resultaba tan extraordinaria como sobrenatural… ¿De dónde serán los orientales que tenía a mi lado?, me preguntaba. Sonó en ese momento el teléfono: era Adela, que tenía problemas con el autobús y llevaba un grupo de personas con invitaciones preferentes. Me pedía que hablara con alguien para que, aunque llegaran más tarde de lo requerido, les permitieran pasar. Pues bien, uno de los orientales, me dijo que un buen conocido suyo de la organización podía ayudarnos y así lo hizo. ¡Los amables vecinos orientales eran de Hong Kong!

 

Podría escribir toda una historia de cada uno de los que me rodeaban; sólo diré que aquello fue un auténtico “baño de universalidad”. Como botón de muestra contaré que conocí en San Juan de Letrán, a una peruana, personal de servicio de la Universidad de Piura que había hecho varios intercambios de avión, para acabar llegando a Roma en autobús desde Colonia. Se alojaba a casi 300 Km de Roma, ¡pero no podía dejar de venir al evento en agradecimiento al “padrecito Josemaría”!